sábado, 31 de mayo de 2008

Desértica

Volando en la inercia del This Desert Life de Counting Crows

Oh, esta vida desértica, esta vida elevada en el despunte agónico del día. Nos tendemos en el piso con las persianas entrecerradas y el televisor prendido porque nos gusta vernos bajo su maternal resplandor azulino, arrullados en el romance pendular del zumbido de la pecera donde los peces dorados no paran de nadar en círculos al silencio con el que crece el cactus. Fuimos jinetes bien pagados en los bares de nuestra ciudad eléctrica como si fuéramos los últimos de los primeros pioneros. Dulce niña salvaje soy un cara pálida convertido en jefe apache. ¿Podremos descansar esta noche que la nana no vendrá ya más? He estado mirando, he estado buscando una sola señal de vida entre los habitantes de este lugar y sólo pude darme cuenta que no tienen por costumbre limpiar los cañones de sus escopetas, cavan tumbas poco profundas. Amy logró salirse de este agujero, se colocó una escafandra y su vestido negro sin nada debajo, se adentró en el desierto y uno de esos apuestos astronautas pasó encaramado en su flamante cohete de la NASA y, nada tonto, se la llevó lejos de aquí. De vez en cuando recibo postales de lluvia contándome lo bien que le va. Hoy, por ejemplo, no me gustaría que volviera porque tengo mi ropa de fiesta muy gastada, usted sabe cómo es la arena de estos caminos, mi don, cómo se pega a la ropa, a la cara y quitársela cuesta un desgarrón o una costra. Dormimos inquietos bajo el cielo de panza de cuervo de Ohio, viajando en un camión con olor a rancio cerramos el trato en un bar de Atlantic City lleno de redes para pescar, en Nueva Jersey cumplimos el trabajo, fuimos impecables, y celebramos abriendo champagne y acurrucándonos de madrugada en el gentil regazo de las rubias de Nueva York. A los 17 se me reveló el plan perfecto, ahora tengo 33 y el tiempo no da una razón, pero qué importa si ya no soy yo el que te escribe sino el zapatero ése de a la vuelta. Es lógico que no tengamos mares de flores aquí con una estación húmeda tan corta. Es el diablo el que se mueve en tu sueño, por acá también lo he visto trasegando los surcos una luna nueva antes de la siembra. El diablo que ridiculizamos restregándole nuestra desnudez en ese suntuoso cuarto de hotel que nos pagamos con las cabezas de dos feligreses. Ahora estoy de nuevo en la esquina del viejo barrio cuando no me acuesto con el televisor alumbrándome como en la vitrina de un museo o un serpentario. Te sigo queriendo, es sólo que no sé qué hacer con el cactus ni con este montón de tiempo que me dejaste encima. Mira, es la hora en que San Robinson, el soñador de bailarinas que ahora lee libros de paleontología, se asoma a su ventana ennegrecida para ver los coches alejándose del estacionamiento del centro comercial.

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