sábado, 31 de mayo de 2008

"Jethro Tull en Vietnam", por Lester Bangs

Una traducción más de la obra del maestro Lester, en esta ocasión la reseña de un concierto da pie a una peligrosa expedición en pos de los secretos orígenes de esa desconcertante anomalía de la naturaleza llamada Jethro Tull.

Montonal de jóvenes faltaron a la escuela el pasado noviembre cuando se anunció que Jethro Tull daría dos conciertos en la Arena Cobo de Detroit. Las filas, las más largas que haya presenciado la gerencia de Cobo, empezaron a formarse a las 7 de la mañana. Para cuando abrieron las taquillas –tres horas más tarde- cuatro mil chicos estaban arremolinándose a sus afueras. Un testigo lo describió como algo parecido al “tercer día de un festival de rock de tres días”. Compraban de a cincuenta y cien boletos a la vez, el primer concierto se agotó en tres horas. El segundo se agotó al día siguiente: en el transcurso a duras penas se evitó un motín, llegaron escuadrones TAC y se levantaron barricadas. Todo esto pese al hecho de que los boletos habían subido un dólar en comparación con el precio de $5.50 en su gira anterior de mayo, cuando sólo unos pocos miles de personas quedaron fuera y los irritados seguidores de Jethro rompieron cuatro puertas de Cobo.
Puede que la violencia no sea algo típico en las giras del Tull –todavía- pero los números eran indicadores de una nueva fiebre. La fanaticada de Jethro Tull había crecido hasta ser lo suficientemente vasta para calificar como una de las historias de éxito de nuestro tiempo. La banda misma había evolucionado rápidamente desde sus tempranas derivaciones de blues hasta un material más artístico, melódico y complejo, de modo que para su cuarto álbum estaban adentrándose en grandilocuentes suites conceptuales a una escala jamás igualada de este lado de Moody Blues. Aqualung era dos caras de LP con desenfrenada crítica social moralizante, letras densas ubicadas en paisajes musicales tan heterogéneos (rock, Rock, una pizca de rock’n’roll, mucho de jazz imitativo y esfuerzos de folk tanto británico como norteamericano, así como el extraño enroque “clásico”) que se han vuelto un estilo característico.
Hasta ahora Jethro Tull nunca ha colocado un sencillo de éxito en la radio AM de este país, y son un caso prototípico de grupo “subterráneo” convertido en sensación internacional estrictamente a base de sus álbumes. A las alturas de Aqualung casi no tenían otra opción, pues para esa época (1970) sus escenografías musicales se habían inflado al punto en que no dejaban espacio para el tradicional sencillo whambam muchas gracias damitas de dos o tres minutos. O tomabas todo el pastel o nada.
Mientras tanto, Jethro Tull consolidó su posición apretando su directo. Su poder de atracción crecía a saltos geométricos cada vez que venían de gira a Estados Unidos y no era sólo por la música. El elemento, el centro de atención era Ian Anderson, un derviche rabón de ojos bravíos, chalequito y actitud fustigante que tocaba largos y violentos solos de flauta con ecos de música de cámara como si estuviera boxeando con el instrumento –el Eric Clapton de los vientos.
Anderson siempre ha seguido el trote de viejas figuras de Roland Kirk: vocalizaciones en la flauta, soplar en exceso, incluso el histrionismo que se convirtió en el centro de su desempeño escénico. Hasta donde sé, Roland Kirk nunca puso la flauta entre sus piernas en la más grotesca suerte de estratagema escénica como lo hace Anderson, pero Roland Kirk fue el salvaje originario de la flauta concertista, y Anderson debería admitir lo mucho que le debe.
Dudo que lo haga. No me fue posible hablar con él, pero hablé con el baterista de Jethro, Barrie Barlow, en el bar de un hotel después de una tocada la primavera pasada, y ante la idea de que Ian tuviera influencia de Kirk o cualquier otro sólo tuvo burlas. Su música, continuó, provenía por completo de las mentes y las experiencias de Jethro Tull, no tenía precedentes, no encajaba en ninguna tradición y era completamente original. Lo cual probablemente sea representativo del sentir general de la banda.
En cualquier caso, se han ganado el derecho a ser arrogantes. Aqualung era un gigante, y el que siguió, Thick as a Brick, tardó un año en realizarse y era todavía más grande. Más grande en todo sentido: en la historia del rock la única ocasión anterior en que una sola canción había abarcado las dos caras de un LP fue con “Refried Boggie” de Canned Heat en Livin’ the Blues, y eso no era más que una improvisación extendida. Brick era un alce de dimensiones totalmente distintas: una serie de variaciones (aunque realmente no tan variadas como para sostenerse durante cuarenta minutos) de un sencillo, un tema simple, que empezaba como una especie de melancólica melodía del folklore inglés y pasaba por tempos de marcha militar, guitarras de alto poder, glockenspiels, dramáticas descargas de stacatto como algo salido de la pista sonora de una película y solos de Anderson en abundancia, cubriendo desde el principio del lado uno hasta el final del disco.
Todo el asunto estaba construido alrededor de un largo poema de Anderson que por sí mismo sentaba nuevos parámetros en el canon del Tull sobre sentimientos magnánimos y denuncias bíblicas moralizantes de urbanidad contemporánea. El primer verso iba “Realmente no me importa si escuchan esto hasta el final”, un gancho clásico que establecía el tono de toda la pieza, atestada de coplas como

Las virtudes de castillo de arena fueron todas arrastradas
En la marea destructiva del revoltijo moral

¿De donde venía esto, en todo caso, y qué decía de la forma en que, no sólo Anderson y Tull, quizá la mayoría de su público, se relacionaba con el mundo? ¿O era como en “American Pie”, sólo un montón de palabras que significaban tanto como tú quisieras o no significaban nada, pero sonaban lindas con la música? Pregúntenle a un fanático del Tull y obtendrán una mirada en blanco; la mayoría, según parece, nunca se ha detenido a analizar esto. Ellos sólo saben que les gusta, lo cual está muy bien.
Les gusta tanto, de hecho, que Thick as a Brick llegó disparado al número uno de las listas, y hasta el momento la banda ha realizado dos giras con localidades agotadas sustentada en esa fortaleza. En la segunda gira agotaron el Madison Square Garden por una semana seguida. Todo con base en un álbum –y un estilo- que en la superficie a cualquiera debería costarle mucho ponerle atención. Ahora, los conciertos del Tull son una verdadera experiencia, incomparable, para bien y para mal.
No se equivoquen: en términos puramente profesionales, Jethro Tull no tienen par. Se distinguen porque nunca fallan en dar un espectáculo en la plena extensión de la palabra, con todo lo que saben cualquier chico pagaría gustoso por ver: música, volumen, disfraces, histrionismo, solos apabullantes, conciertos largos, dos regresos al escenario. Los Jethro Tull son diestros y disciplinados; trabajan duro y tienen entrega.
Lo que entregan es una de las mezcolanzas más curiosas implementadas sobre cualquier escenario. Si bien sus letras generalmente muestran una inclinación moralista, los miembros de la banda salen como todos unos lunáticos, y el contraste funciona. Van vestidos hasta los dientes, habitualmente chalecos victorianos y pantalones apretados, y desde el instante en que Ian Anderson pisa el escenario trabaja a la audiencia con toda la maestría de un titiritero protegido de Merlín que frecuentemente exhibe. Da vueltas y respinga con gracia espática, creando un remolino a su alrededor, agitando sus dedos en el aire como si estuviera lanzando hechizos a los balcones. Sus ojos, actuando el brillo de un sátiro, se le ponen bravos y saltones. Con gran eficacia se hace pasar por un loco envuelto por violentos vendavales salidos de lugares inimaginables. Explota su flauta hasta el cansancio: bastón, varita de mago, espada, arma de fuego, falo, palo de golf, hacha mágica de virtuoso. La hace girar como porrista y provoca espumarajos de frenesí entre el público con su ayuda, luego se la lleva a la boca y los pone en trance con un solo extenso y melodramático.
Jethro Tull son entretenedores de tal solidez que aun si no toleras su música, suelen darte algo que te deja embobado. Gran parte es auténtico vaudeville. En una pausa, Barlow camina hasta el micrófono, muestra un platillo de juguete, levanta una baqueta y le pega con una floritura exagerada. Al hacerlo se pone en puntas de pie y arquea su pierna derecha atrás, como si fuera una caricatura de Nureyev, dirigiendo su mirada a la audiencia con agresividad descarada. Obtiene una ovación de la audiencia y el eco de otro platillo salido aparentemente de la nada lo pone en un estado de perplejidad también exagerada. Ve a su alrededor, se rasca la cabeza y golpea el platillo una y otra vez, cada vez más rápido, los ecos siguiendo el mismo paso, hasta que de repente el resto de la banda se congrega a su alrededor, cada uno con platillos idénticos que, baqueta en mano, aporrean salvajemente. El público se lo traga.
También utilizan disfraces, de manera demasiado calculada y exitosa para ser sorpresiva. Pero ustedes qué pensarían si vieran a una banda detenerse a la mitad de una larga canción para:
Leer un “reporte climático” de mentira.
Vayamos a la parte donde uno de los miembros del grupo camina al micrófono y empieza a gesticular, dirigiéndose a la audiencia, mientras otro integrante vestido de gorila imita cada uno de sus movimientos a sus espaldas.
Dando saltos por el escenario vestidos de conejitos.
Otra vez alto a la música, el silencio es roto por el timbre de un teléfono de utilería que un miembro de la banda contesta: “¿Hola? Oh, sí, voy a ver si anda por aquí”. Voltea hacia el público: “El sr. Mike Nelson tiene llamada”.
Y entonces un secre o quien sea vestido con un equipo de buceo completo, incluyendo aletas, escafandra y tanque de oxígeno, sale aleteando a la izquierda del escenario, toma el auricular y sin emitir una palabra finge tener una conversación breve, luego se marcha dando más aletazos mientras la banda rompe en un pasaje particularmente salvaje de Brick encontrándose con una aclamación exorbitante desde la zona de galería.
Si ésa es su idea de esparcimiento, apúrense a conseguir un boleto la próxima vez que Jethro Tull pase por su ciudad. Con que consigan uno, ya la hicieron . Dista mucho de mi idea de rock’n’roll, pero quizá sea que esa idea ya caducó. O quizá esto no es rock’n’roll y tampoco le hace falta disculparse por ser otra cosa. Los Jethro Tull van a estar por aquí un tiempo, sin duda se harán más grandes de lo que ya son, y sus producciones musicales van a inflarse todavía más –resulta difícil imaginarlos sacando un disco zigzagueante a la “álbum blanco” de los Beatles. Y probablemente en su triunfo haya una lección que todos deberíamos aprender.
Si eres parte de un grupo o representante de un grupo y quieres ganar mucho dinero, debes seguir los métodos que cimentaron en los setenta grupos como Alice Cooper y Jethro Tull. Debes hallar un estilo de música por el cual sientas cierta afinidad, desarrollarlo y afinarlo hasta el ínfimo detalle, luego envuélvelo en la corriente social o molde cultural que mejor le quede (indeterminación sexual, en el caso de Alice, cólera pomposa contra quienes dividen a la sociedad y la corrupción en Jethro).
Después querrás desarrollar un directo elaborado. A estas alturas puedes ponerte todo lo arbitrario que quieras, porque la mayoría de las bandas todavía no piensan en estos términos. Además, mientras más arbitrario seas, habrá más personas que puedan llamarte “dada” o algo así de impresionable. Como sea, lo único que importa es que a la gente le des algo de color y movimiento que ver para que no estén retorciéndose en sus asientos mientras te escuchan.
La etapa final es disciplinarte de forma rigurosa, ensayando todo el numerito hasta que no haya fisuras, hasta que puedas ir y entregar trancazo tras trancazo a lo largo de tu concierto sin perder tu balance. Púlelo todo y comercialízalo. Funciona.
En la creación de cualquier cosa uno llega al punto en que las trampas y el oropel y la construcción se vuelven tan importantes que realmente deja de importar lo que haya dentro. El espectáculo puede ser totalmente planeado: música ultra-formulática, cositas para resaltarlo todo, cabuses cargados de utilería, posturas y pavoneo coreografiado, incluso la audiencia reclutada para responder a tiempo, educada en el proceso de conciertos anteriores y películas de festivales. El asunto entero puede ser así de vacuo y, como alguien se ha tomado la molestia de entretenerlos, todos regresan a casa felices. El negocio del espectáculo es gracioso en ese sentido.

POSTLUDIO: DESPUÉS DE LA CAÍDA
Por más que me hacía cruces y pujaba seguía sin quedarme claro. ¿Exactamente cuál era la barrera que rompían los dichosos Tull? No comprende.* Hasta que un día, más bien por acccidente, se me ocurrió poner un disco que había estado rellenando mi colección con el título de Music of Vietnam. Era una de esas cosas que edita Folkways, ya saben, cantos arcaicos de apartadas poblaciones rurales, el cual tenía porque algún liberal me lo endilgó en una ocasión y nunca más regresó. Así que lo puse porque de cualquier forma ya estaba muy cansado de andar bailoteando y ¡SONABA IGUALITO QUE JETHRO TULL! La música folk de las selvas de Vietnam, alguna con miles de años de antigüedad, y me lleva si sus viejos grupos tonales no coagulan en alta consonancia con lo que hacen Ian y los muchachos. Los ritmos eran similares, aunque no tan tiesos ni marciales, y los maestros de las cañadas con sus flautas de bambú dejaban a Ian A. en una mera T.
Así que sabía que sólo me quedaba una cosa por hacer. Acudí a la discográfica Warner Brothers para que me mandaran a Saigon sólo para aclarar todo este asunto, sacárselo al caballo directamente del hocico. Por así decir. En cuanto llegué desfilé hasta el palacio presidencial, decidido como un búfalo marché adentro de él y me planté inamovible frente al escritorio del presidente Thieu. Gracias a Dios por las conexiones en Washington de Mo Ostin. Estaba haciéndose historia aquí y ahora.
No perdí el tiempo. “Mire”, le dije, “tengo aquí este álbum por un puñado de esperpentos ingleses que se hacen llamar Jethro Tull”, y le entregué una copia de Thick as a Brick. Thieu es frío como un bacalao: abre el álbum, ojea unas páginas del cuadernillo incluido a medio sonreír, lee algunas de las letras, luego voltea hacia un elaborado componente de sonido Garrard en la parte trasera derecha de su escritorio y pone el disco. Pronto la misma maldita canción retumbaba en los gigantescos amplificadores Marshall en las esquinas este y oeste del cuarto. Justo a mi derecha, frente al escritorio del presidente está sentado el embajador de Uganda, quien conferenciaba con el presidente justo cuando yo irrumpí y ahora ha quedado obviamente relegado, quizá sintiéndose un poco ofendido. ¿Falta de protocolo diplomático? ¡Gran cosa! ¡Tenemos que resolver este cochinero del Tull por el bien de los Estados Unidos!
Así que mientras el Papa Thieu escucha los primeros cinco o diez minutos de Thick as a Brick, le cuento toda le historia. Cómo los Jethro Tull rompen tantas barreras que ni siquiera están en la sala. Cómo se me cansó el cerebro tratando de sobreponérmeles o sacarles la vuelta y siempre los encontraba tan ineludibles que se volvieron cuestión de vida o muerte y yo estaba en fase terminal. Cómo había dado con el álbum vietnamita de Folkways – y se lo entrego. Thieu le pasa la mirada con una sonrisa y me lo regresa. El embajador de Uganda empieza a parecer interesado. Thieu se recarga en su silla giratoria, junta los diez dedos y escucha unos compases más de Jethro Tull. Luego lo quita, se da la vuelta y me dirige la sonrisa más condescendiente que haya visto en mi vida.
“Siempre me ha sorprendido”, dice, “cómo ustedes los americanos pueden alimentarse con el peor tipo de basura y aun así sobrevivir, pero ahora creo que finalmente entiendo. A mí tampoco me gusta Jethro Tull –nunca me ha gustado, ni siquiera cuando todos mis amigos empezaron a rellanarme los oídos con This Was –aunque quizá no por las mismas razones que a usted lo han conducido a estos extremos.
“No me gustan porque usted tiene razón. Suenan a música folk vietnamita, y ¡yo no soy folkie! Desprecio ese ruido sucio, excedido en ritmo, de finales abiertos. Que me den jazz progresivo a cualquier hora –Peanuts Hucko, “Big” Tiny Little- y estoy feliz. Un hombre debe moverse conforme a los tiempos, y los tiempos exigen el bop: ¿cómo es que un hombre en mi posición puede decir que el bop está mal? No llegué hasta aquí nadando contra la marea. Veo soldados estadounidenses caminando por el palacio todos los días con esos discos de bop en las manos, y de vez en cuando voy y les pregunto que me los muestren. Les hablo en el lenguaje que entienden: “¿De qué se habla, Thunderbird?”. Y ellos responden que de lo que se habla es del “rebop”. Todos los discos que me muestran de esta gente, Chuck Berry, Elvis Presley, los Rolling Stones, tengo entendido por mi comunicación con su gente, que son rebop, sea bueno o malo.
“Pero como cualquiera puede darse cuenta, la música vietnamita no es rebop. Ni siquiera es bop. Es una cosa congelada e incómoda, pero insistente. Estas culturas antiguas no mueren con facilidad. Es por eso que todavía tocan ese ruido deleznable en los arrozales y por qué algo como Jethro Tull es popular entre su gente. Ya que, usted lo sabe, algunas personas no aguantan el rebop. Y la razón por la que no me gusta Jethro Tull y por la que sospecho a usted tampoco le gusta Jethro Tull es que ¡les falta rebop!”
Volvió a recargarse tras dejar su punto en claro y sonrió. Todavía estaba intentando descifrarlo cuando el embajador de Uganda se inclinó y me tocó en la rodilla. “Oiga”, me dijo, “¿y a cuenta de qué toda esta obsesión con eso del “rebop”?”.

*en español en el original.

Lester Bangs, revista Creem, mayo de 1973; según aparece publicado en Psychotic Reactions and Carburetor Dung. Grail Marcus (ed.). Nueva York: Anchor Books, 1988.
Versión al castellano: eRRe - erremental.blogspot.com


1 comentario:

Miércoles! dijo...

muchas gracias!!!
se complica conseguir cosas de lester en castellano.
saludos!!