viernes, 14 de marzo de 2008
Me vas a hacer feliz...
...o vas a matarme con tu forma de ser.
Por lo pronto estos últimos días este blog ha hecho muy feliz al eRRe, que no es egoísta con su placer y aquí se los comparte. Visítenlo:
http://zonagarciablog.wordpress.com/
Say no more.
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jueves, 13 de marzo de 2008
Salvemos a los árboles
A los escritores debería pagárseles como albañiles: por trabajo a destajo y sólo si lo que hicieron funciona bien. Deberían pagarles sólo si escribieran manuales o algo que realmente pueda servirle a alguien. ¿Que se pasan muchas horas los pobrecitos limando sus líneas de perfección? Bueno, yo he visto a maestros plomeros sudar por horas para tapar una gotera y valerse de un ingenio envidiable para hacer verdaderas obras de arte con cinta selladora y unas gotas de silicón. Sólo que ellos terminan su cansina labor y no se quedan a esperar halagos, somnolientas entrevistas en los periódicos, programas de televisión, ¡groupies! Si alguien escribe algo medianamente bueno por lo menos debería tener la decencia de ser discreto. ¿A quién le hace falta un nuevo libro –la mayoría amasijos de papel- en el mundo cuando ni siquiera somos capaces de leer la Biblia como Dios manda, es decir, como atlas universal de los estilos literarios que a la humanidad le ha dado por practicar? ¿Para qué queremos más gente perdiendo el tiempo frente a cuadernos o computadoras nada más porque no encuentran un mejor pretexto para hacerse pendejos? Que les pongan a un esturión látigo en mano para que supervise si lo que están haciendo vale la pena, o de lo contrario que sean fustigados hasta que salgan corriendo a buscarse una manera más honrada de ganarse la vida. Para que no se aparten de su querido “arte” y, como "Jaimito el Cartero", eviten la fatiga: les convendría intentar de payasos... por lo menos hasta que descubran algo que de verdad sepan hacer.
Jaime López y pre-despedida de Ozamo en el (reloaded) Black Horse
El eRRe estrena una cosa a la que llaman "cámara digital"...
lunes, 10 de marzo de 2008
Todavía clavado con Things the Grandchildren Should Know
Hace poco platicaba con la Mystery Girl (aka Brujita, aka Mm.) de cómo las rolas que los músicos escriben para sus hijos generalmente son lamentables (excepción hecha de “My Sweet Lord”, de Harrison, pero ya ven que resultó fusil de una sexosa melodía grabada por las Chiffons). Sin embargo, “Things the Grandchildren Should Know”, de los eels, es una canción que se mueve con dulzura envolviendo al oyente como la brisa a las ramas de los árboles que finalmente derriba. No tiene nada de cursi y sin embargo conmueve como el último atardecer con la persona que amas.
Cuenta Mark Oliver Everett (E) en la autobiografía que comparte título con la canción que una vez en Francia le preguntaron acerca de ésta: “¿tienes hijos?”. Él respondió: “todavía no, voy a irme directo por los nietos”. La periodista parpadeó perpleja y balbuceó, “¿pero cómo? Eso no es posible”. “Bueno, ya me las ingeniaré”. Las razones que E daba para saltarse a los hijos al eRRe le parecen indiscutibles: “a los nietos sólo los ves los fines de semana y te queda el resto para ti”. La verdad es que si uno lo piensa, la respuesta de E puede entenderse de más de una manera. Las canciones escritas para los hijos pocas veces funcionan por su inmediatez, son fruto de un acontecimiento especial y emotivo, pero al estar ligadas a una experiencia tan personal de alguna manera tienen fecha de caducidad. Una canción a los nietos adopta una perspectiva tan amplia que puede hablarle no sólo a los nietos para los que fue escrita sino a los nietos de todos. Y para esto no importa la edad, como hace poco escuché declarar a un raboverde intelectual con intención de impresionar a la excelentísima dama que tenía delante: “sólo cuando has vivido varios años eres capaz de escribir una novela, porque ya tienes cosas que contar”. Bueno, ¿saben qué? That’s bullshit. Porque la edad no es garantía y hay personas que pasan sus años en la Tierra sin darse cuenta de nada, como esos caballos de carreras a los que les colocan viseras a cada lado de la cabeza para que no se distraigan y sólo miren el camino de frente, ciegos de egoísmo, que viven sólo para alimentar su propia vanidad, y eso en el mejor de los casos, eso cuando no son androides indiferentes a cualquier agudeza del aparato sensorial. Es pura mierda, porque igual John Kennedy Toole escribió la Conjura de los necios sin importarle que la publicaran o no y se suicidó a los 31 años arreglándoselas ingeniosamente para hacer que su propio coche lo atropellara, manteniéndose imaginativo hasta el final. Si algo importa es eso: la imaginación, el talento, el azar, como le quieran llamar (imagínenle un nombre) porque ya ven, a Mark Oliver Everett no le hizo falta tener nietos para escribir la mejor canción para nietos que uno pueda imaginar (o al menos que el eRRe pueda imaginar). ¿No es eso a lo que aspira cualquier artista? Hablar más allá de su tiempo, resonar en la eternidad, poner en juego lo imposible.
Por la tarde el eRRe veía el documental “Dreams to Remember” sobre Otis Redding y pensaba que ahora es muy difícil que se den historias como esa, que el chofer del camión te salga con una voz capaz de sacudir a los muertos. Hoy todo es ya demasiado viejo, demasiado limpio, demasiado coordinado por marketing managers, personal managers, business managers, A&R’s, senior chiefs, junior chairs y la puta que los parió. Aunque todavía perdidos por ahí es posible hallarse con tipos como E, a los que les cuesta trabajo sacar cada disco, enamorados de mujeres que saludan diciendo “you are not beautiful” y escribiéndole canciones a sus nietos sin tomarse la molestia de tener un hijo.
Cuenta Mark Oliver Everett (E) en la autobiografía que comparte título con la canción que una vez en Francia le preguntaron acerca de ésta: “¿tienes hijos?”. Él respondió: “todavía no, voy a irme directo por los nietos”. La periodista parpadeó perpleja y balbuceó, “¿pero cómo? Eso no es posible”. “Bueno, ya me las ingeniaré”. Las razones que E daba para saltarse a los hijos al eRRe le parecen indiscutibles: “a los nietos sólo los ves los fines de semana y te queda el resto para ti”. La verdad es que si uno lo piensa, la respuesta de E puede entenderse de más de una manera. Las canciones escritas para los hijos pocas veces funcionan por su inmediatez, son fruto de un acontecimiento especial y emotivo, pero al estar ligadas a una experiencia tan personal de alguna manera tienen fecha de caducidad. Una canción a los nietos adopta una perspectiva tan amplia que puede hablarle no sólo a los nietos para los que fue escrita sino a los nietos de todos. Y para esto no importa la edad, como hace poco escuché declarar a un raboverde intelectual con intención de impresionar a la excelentísima dama que tenía delante: “sólo cuando has vivido varios años eres capaz de escribir una novela, porque ya tienes cosas que contar”. Bueno, ¿saben qué? That’s bullshit. Porque la edad no es garantía y hay personas que pasan sus años en la Tierra sin darse cuenta de nada, como esos caballos de carreras a los que les colocan viseras a cada lado de la cabeza para que no se distraigan y sólo miren el camino de frente, ciegos de egoísmo, que viven sólo para alimentar su propia vanidad, y eso en el mejor de los casos, eso cuando no son androides indiferentes a cualquier agudeza del aparato sensorial. Es pura mierda, porque igual John Kennedy Toole escribió la Conjura de los necios sin importarle que la publicaran o no y se suicidó a los 31 años arreglándoselas ingeniosamente para hacer que su propio coche lo atropellara, manteniéndose imaginativo hasta el final. Si algo importa es eso: la imaginación, el talento, el azar, como le quieran llamar (imagínenle un nombre) porque ya ven, a Mark Oliver Everett no le hizo falta tener nietos para escribir la mejor canción para nietos que uno pueda imaginar (o al menos que el eRRe pueda imaginar). ¿No es eso a lo que aspira cualquier artista? Hablar más allá de su tiempo, resonar en la eternidad, poner en juego lo imposible.
Por la tarde el eRRe veía el documental “Dreams to Remember” sobre Otis Redding y pensaba que ahora es muy difícil que se den historias como esa, que el chofer del camión te salga con una voz capaz de sacudir a los muertos. Hoy todo es ya demasiado viejo, demasiado limpio, demasiado coordinado por marketing managers, personal managers, business managers, A&R’s, senior chiefs, junior chairs y la puta que los parió. Aunque todavía perdidos por ahí es posible hallarse con tipos como E, a los que les cuesta trabajo sacar cada disco, enamorados de mujeres que saludan diciendo “you are not beautiful” y escribiéndole canciones a sus nietos sin tomarse la molestia de tener un hijo.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Del libro de Mark Oliver Everett
Un fragmento del libro de memorias Things the Grandchildren Should Know de Mark Oliver Everett, el mero-mero de los eels. En versión del eRRe
Algunas noches, después de todos estos años, estoy sentado aquí y pienso en cuando era muy joven y en lo grandioso que se sentía cuando las cosas marchaban bien y todos estábamos en la casa: mi papá leyendo el periódico, Liz poniendo Neil Young una y otra vez en su habitación, mi mamá riéndose con su risa tonta de algo que para empezar ni siquiera era tan gracioso. Cuando pienso en cómo se sentía estar en medio de todo eso, el deseo me abruma, como si fuera capaz de dar cualquier cosa con tal de pasar otra noche ahí.
La vida está repleta de impredecible belleza y extrañas sorpresas. A veces la belleza es tan grande que no puedo manejarla. ¿Conocen esa sensación? ¿Cuando algo resulta demasiado bello? Cuando alguien dice o escribe o toca algo que los conmueve hasta el llanto, que incluso tal vez los cambia. Es lindo cuando un incrédulo tiene que cuestionar sus dudas. Puede ser eso lo que me llevó a la música en primer lugar. Fue como magia. Podía trascender las situaciones jodidas que me rodeaban y aun convertirlas en algo positivo simplemente con ponerles música.
Tal vez la gente no me guste tanto como al resto del mundo parece gustarle. Pareciera que la raza humana está enamorada de sí misma. ¿Qué clase de ego debe tenerse para pensar que uno fue creado a semejanza de Dios? Quiero decir, para inventar la idea de que Dios deba ser como nosotros. Por favor. Como una vez observó Stanley Kubrick, si un día se descubre vida inteligente en otro lugar aparte de la Tierra, sería una catástrofe para la humanidad, simplemente porque ya no tendríamos la posibilidad de pensarnos como el centro del universo. Supongo que lentamente voy convirtiéndome en uno de esos viejos huraños que piensan que los animales son mejores que las personas. Pero, ocasionalmente, las personas me sorprenden agradablemente y voy y me enamoro de una de ellas, imagínense no más.
De modo que, ¿qué clase de ego debe tenerse para escribir un libro acerca de tu vida y esperar que alguien esté interesado? ¡Uno muy grande! Pero no tan grande como para creer que fui creado a semejanza de Dios. A menos que Dios sea un ectomorfo velludo con mala postura (Dios me perdone si no uso su todopoderosa “D” mayúscula). Y sé que no soy el tipo más famoso del mundo. La gente no anda inventándose rumores sobre los roedores que traigo atorados en el culo o algo parecido. Algunas personas piensan que deliberadamente tiré mi fama por los suelos con ciertas decisiones de mi “carrera”, pero eso no es lo que importa. Nunca quise ser famoso por el gusto de la fama. Decidí que intentaría hacer algo bueno en el mundo, al menos lo mejor que pudiera, y ése era el único objetivo. Así que solamente hago lo que quiero hacer y mucho de mi tiempo en la Tierra me lo paso diciéndole “no” a todas las cosas estúpidas que me piden que haga y que sé no son buenas ideas para mí. En realidad no soy un tipo famoso, y habitualmente son ellos los que escriben libros acerca de sus vidas, no obstante he pasado por algunas situaciones y he decidido que es momento de escribir de eso. Esta no es la historia de un tipo famoso. Es sólo la historia de un tipo (que ocasionalmente se encuentra en situaciones que se parecen a la vida de un tipo famoso). Existe un inherente, YO, QUE SOY TAN IMPORTANTE en esto que me incomoda. Pero no lo haría de no pensar que la historia resultó peculiar. Yo no soy tan importante.
Gracias a mi ridícula, a veces trágica y siempre inestable crianza, se me concedió el don de una inseguridad quebrantahuesos. Un detalle notable en las personas con problemas mentales es lo absortas que están en ellas mismas constantemente. Yo creo que eso se debe a que la lucha por ser ellos mismos es tan grande que les resulta difícil pasar de ahí. No soy la excepción a esta regla. Pero afortunadamente para mí, encontré la manera de lidiar conmigo y con mi familia tratándolo todo como un proyecto artístico en constante desarrollo. ¡Disfruten! ¡Sean bienvenidos!
También, a juzgar por mi historia familiar, es probable que mi mediana edad haya pasado hace mucho. Así que siento que quizá sea mejor escribir todo esto ahora, por si no consigo superar los pronósticos.
Ahora, existen diferentes maneras en que podría hacer esto. Podría ponérmeles poético. Algo así:
Parado ahí en el porche noté el punzante olor del pasto recién cortado y podía oír el ligero canturreo de los cortacéspedes por todo el vecindario. El aire acondicionado me azotaba mientras esperaba. Mary bajó al fin. Nunca pude entrar. Ahí mismo rompió conmigo. Volví a casa con el canto de las cigarras, indiferentes a mi pesar.
O podría subirle un poquito al volumen y ponérmeles todo florido. Algo así:
A la distancia alcanzaba a oír el ligero canturreo de los cortacéspedes. Muchachos dorados con torsos bien pulidos sudando bajo el sol, una última experiencia con un trabajo verdaderamente físico antes de llenar bolsas de ropa y partir a Yale o Brown. Podía oír los pasos de Mary en la escalera, vacilante. Noto un grillo –no, un saltamontes- en mi zapato. No sé qué sienta Mary por mí, pero este pequeñín me aprecia por quien soy realmente. Congeniamos por un momento antes de que se aleje saltando. Ahora estoy solo. Mary aparece. Va a terminar conmigo. Lo veo en su cara. Va a tomar el amor desenfrenado y absolutamente incondicional que le he ofrecido y lo arrojará al piso, despedazándolo en miles de diminutas e inútiles esquirlas. Tengo que calmarme. Tengo que calmarme. (Fin del capítulo.)
O podría simplemente ser directo con ustedes. Algo así:
Un día de julio fui a casa de Mary para pasar un rato juntos. Abrió la puerta pero nunca pude entrar. Terminó conmigo en el porche.
No quiero hacerles perder el tiempo con la mierda florida, así que por respeto a usted, amable lector, voy a mantenerme apegado al enfoque directo.
Nunca me interesó llevar un diario. Tenía las manos llenas con sólo intentar vivir la vida, así que nunca llevé uno. Y no sentía que fuera capaz de revivir gran parte de aquello. Pero eso fue exactamente lo que me atrajo cuando mi amigo Anthony me instó por milésima ocasión a escribir un libro de mi vida. Tengo un mecanismo extraño que se activa cuando creo que algo está fuera de mis alcances: sé que tengo que ir ahí. Aun cuando ello signifique recordar penosamente todos los eventos que mi memoria selectiva pueda reunir.
En la primaria era un niñito escuálido de cabello largo que frecuentemente era confundido con una niña y siempre el último o el penúltimo en ser escogido para los equipos deportivos de la escuela. Ahora soy un adulto que pasa la segunda mitad de su primera crisis de mediana edad escondido tras los guardias de seguridad que intentan protegerlo del más reciente acosador obsesivo en sus conciertos de rock. ¿Cómo fue que llegué aquí?
*Tomado del capítulo I: The Summer of Love
Everett, Mark Oliver. Things the Grandchildren Should Know. Little Brown. London, 2008.
Algunas noches, después de todos estos años, estoy sentado aquí y pienso en cuando era muy joven y en lo grandioso que se sentía cuando las cosas marchaban bien y todos estábamos en la casa: mi papá leyendo el periódico, Liz poniendo Neil Young una y otra vez en su habitación, mi mamá riéndose con su risa tonta de algo que para empezar ni siquiera era tan gracioso. Cuando pienso en cómo se sentía estar en medio de todo eso, el deseo me abruma, como si fuera capaz de dar cualquier cosa con tal de pasar otra noche ahí.
La vida está repleta de impredecible belleza y extrañas sorpresas. A veces la belleza es tan grande que no puedo manejarla. ¿Conocen esa sensación? ¿Cuando algo resulta demasiado bello? Cuando alguien dice o escribe o toca algo que los conmueve hasta el llanto, que incluso tal vez los cambia. Es lindo cuando un incrédulo tiene que cuestionar sus dudas. Puede ser eso lo que me llevó a la música en primer lugar. Fue como magia. Podía trascender las situaciones jodidas que me rodeaban y aun convertirlas en algo positivo simplemente con ponerles música.
Tal vez la gente no me guste tanto como al resto del mundo parece gustarle. Pareciera que la raza humana está enamorada de sí misma. ¿Qué clase de ego debe tenerse para pensar que uno fue creado a semejanza de Dios? Quiero decir, para inventar la idea de que Dios deba ser como nosotros. Por favor. Como una vez observó Stanley Kubrick, si un día se descubre vida inteligente en otro lugar aparte de la Tierra, sería una catástrofe para la humanidad, simplemente porque ya no tendríamos la posibilidad de pensarnos como el centro del universo. Supongo que lentamente voy convirtiéndome en uno de esos viejos huraños que piensan que los animales son mejores que las personas. Pero, ocasionalmente, las personas me sorprenden agradablemente y voy y me enamoro de una de ellas, imagínense no más.
De modo que, ¿qué clase de ego debe tenerse para escribir un libro acerca de tu vida y esperar que alguien esté interesado? ¡Uno muy grande! Pero no tan grande como para creer que fui creado a semejanza de Dios. A menos que Dios sea un ectomorfo velludo con mala postura (Dios me perdone si no uso su todopoderosa “D” mayúscula). Y sé que no soy el tipo más famoso del mundo. La gente no anda inventándose rumores sobre los roedores que traigo atorados en el culo o algo parecido. Algunas personas piensan que deliberadamente tiré mi fama por los suelos con ciertas decisiones de mi “carrera”, pero eso no es lo que importa. Nunca quise ser famoso por el gusto de la fama. Decidí que intentaría hacer algo bueno en el mundo, al menos lo mejor que pudiera, y ése era el único objetivo. Así que solamente hago lo que quiero hacer y mucho de mi tiempo en la Tierra me lo paso diciéndole “no” a todas las cosas estúpidas que me piden que haga y que sé no son buenas ideas para mí. En realidad no soy un tipo famoso, y habitualmente son ellos los que escriben libros acerca de sus vidas, no obstante he pasado por algunas situaciones y he decidido que es momento de escribir de eso. Esta no es la historia de un tipo famoso. Es sólo la historia de un tipo (que ocasionalmente se encuentra en situaciones que se parecen a la vida de un tipo famoso). Existe un inherente, YO, QUE SOY TAN IMPORTANTE en esto que me incomoda. Pero no lo haría de no pensar que la historia resultó peculiar. Yo no soy tan importante.
Gracias a mi ridícula, a veces trágica y siempre inestable crianza, se me concedió el don de una inseguridad quebrantahuesos. Un detalle notable en las personas con problemas mentales es lo absortas que están en ellas mismas constantemente. Yo creo que eso se debe a que la lucha por ser ellos mismos es tan grande que les resulta difícil pasar de ahí. No soy la excepción a esta regla. Pero afortunadamente para mí, encontré la manera de lidiar conmigo y con mi familia tratándolo todo como un proyecto artístico en constante desarrollo. ¡Disfruten! ¡Sean bienvenidos!
También, a juzgar por mi historia familiar, es probable que mi mediana edad haya pasado hace mucho. Así que siento que quizá sea mejor escribir todo esto ahora, por si no consigo superar los pronósticos.
Ahora, existen diferentes maneras en que podría hacer esto. Podría ponérmeles poético. Algo así:
Parado ahí en el porche noté el punzante olor del pasto recién cortado y podía oír el ligero canturreo de los cortacéspedes por todo el vecindario. El aire acondicionado me azotaba mientras esperaba. Mary bajó al fin. Nunca pude entrar. Ahí mismo rompió conmigo. Volví a casa con el canto de las cigarras, indiferentes a mi pesar.
O podría subirle un poquito al volumen y ponérmeles todo florido. Algo así:
A la distancia alcanzaba a oír el ligero canturreo de los cortacéspedes. Muchachos dorados con torsos bien pulidos sudando bajo el sol, una última experiencia con un trabajo verdaderamente físico antes de llenar bolsas de ropa y partir a Yale o Brown. Podía oír los pasos de Mary en la escalera, vacilante. Noto un grillo –no, un saltamontes- en mi zapato. No sé qué sienta Mary por mí, pero este pequeñín me aprecia por quien soy realmente. Congeniamos por un momento antes de que se aleje saltando. Ahora estoy solo. Mary aparece. Va a terminar conmigo. Lo veo en su cara. Va a tomar el amor desenfrenado y absolutamente incondicional que le he ofrecido y lo arrojará al piso, despedazándolo en miles de diminutas e inútiles esquirlas. Tengo que calmarme. Tengo que calmarme. (Fin del capítulo.)
O podría simplemente ser directo con ustedes. Algo así:
Un día de julio fui a casa de Mary para pasar un rato juntos. Abrió la puerta pero nunca pude entrar. Terminó conmigo en el porche.
No quiero hacerles perder el tiempo con la mierda florida, así que por respeto a usted, amable lector, voy a mantenerme apegado al enfoque directo.
Nunca me interesó llevar un diario. Tenía las manos llenas con sólo intentar vivir la vida, así que nunca llevé uno. Y no sentía que fuera capaz de revivir gran parte de aquello. Pero eso fue exactamente lo que me atrajo cuando mi amigo Anthony me instó por milésima ocasión a escribir un libro de mi vida. Tengo un mecanismo extraño que se activa cuando creo que algo está fuera de mis alcances: sé que tengo que ir ahí. Aun cuando ello signifique recordar penosamente todos los eventos que mi memoria selectiva pueda reunir.
En la primaria era un niñito escuálido de cabello largo que frecuentemente era confundido con una niña y siempre el último o el penúltimo en ser escogido para los equipos deportivos de la escuela. Ahora soy un adulto que pasa la segunda mitad de su primera crisis de mediana edad escondido tras los guardias de seguridad que intentan protegerlo del más reciente acosador obsesivo en sus conciertos de rock. ¿Cómo fue que llegué aquí?
*Tomado del capítulo I: The Summer of Love
Everett, Mark Oliver. Things the Grandchildren Should Know. Little Brown. London, 2008.
martes, 4 de marzo de 2008
Un paquete...
Han pasado un par de días extrañísimos. Donde todo lo que no depende de ti ha encontrado la oportunidad de demostrártelo. Y al llegar la noche te sientas frente al resplandor de la computadora, pintándote las paredes mentales de blanco, cuando de repente descubres un paquete. Un paquete que alguien ha dejado en tu escritorio. ¡El libro que encargaste de Mark Oliver Everett, un hombre llamado E, el hacedor de los eels! Things the Grandchildren Should Know. Y desgarras el papel mientras piensas que llegó mucho antes de lo que creías, y ves que la edición es preciosa aun cuando es ya la segunda reimpresión en un 2008 que algunos creemos que todavía no ha empezado. Y aunque en el curso de los dos últimos extraños días has comprado libros, de repente sientes que su inesperada aparición manda que sea el que leas en este momento. Y quién es uno para ignorar las señales del azar. Esperen pronto la traducción de algún fragmento.
lunes, 3 de marzo de 2008
El problema con querer pasársela bien...
es que el resto del mundo no quiere pasársela bien, uno se cansa de estar feliz “while everybody all around just brings me down”, como dicen los Candyskins. Para explicarlo sobran los ejemplos, el “coño, todo esto es tan hermoso” de Siniestro Total y el “goddamn right is a beautiful day” de los eels. Lo chistoso es que en el fondo estas afirmaciones tan hurañas en apariencia dan forma a canciones verdaderamente luminosas por donde quieran verse. Ambas contienen estrofas que contradicen lo afirmado en sus coros; en el caso de Siniestro de manera muy clara cerrando cada conjunto de versos melcochosos con una imagen aberrante desde la primera estrofa: “Los pájaros nos cantan/las nubes se levantan/las flores en el campo/dos monjas traficando” y los eels entrando de manera más directa con una columna de humo que pinta de hollín el cielo claro. Ninguna de las dos canciones da razones para que sus intérpretes vociferen las aseveraciones de sus respectivos coros. Lo que el día tenga de bonito –o hermoso- sólo ellos lo saben, y de hecho es justo ese conocimiento exclusivo el que los incomoda: “me quieres y todo es hermoso, te quiero y todo es hermoso”, ergo: “¡coño, todo esto es tan hermoso!”.
Si la felicidad fuera total como de Descartes a Kant –y no me refiero a la encomiable banda de Guanatos- llegando hasta Ronald McDonald nos la han querido vender, uno saldría del mejor restaurante de la mano de la princesa de nuestros sueños con un cielo estrellado sin tener que sacudirse a los pedigüeños en las aceras o a los limpiaparabrisas en los semáforos. El principal error de quien sale de su casa dispuesto a pasársela bien es no considerar que a nadie le interesa seguirle la corriente y en cambio es muy probable que él se contagie de las telarañas de los demás, no sólo porque son más pegajosas, sino porque aunque sea sólo por número le ganan: “los feos somos más”, como cantan en otro tema los siniestros. He ahí el curioso optimismo que despliegan estas canciones de bolsillo, enfurruñarse con la propia felicidad equivale a no tomarse en serio a uno mismo, ponerse en ridículo ante los demás, que codician esa vid tan escasa. Pero al mismo tiempo es renunciar a la satisfacción egoísta para no quedarse fuera del bullicio burlón del público, sacar risas a nuestras costillas para no quedarnos solos con nuestra felicidad. Es la oportunidad para no tomarnos nada en serio y todos pasárnosla bien, como resume la parte final del “Mr. E’s Beautiful Blues”:
Bueno, yo no sé cómo te tomas toda la mierda que ves
No le creas a nadie y principalmente
No me creas
Créete a ti.
Si la felicidad fuera total como de Descartes a Kant –y no me refiero a la encomiable banda de Guanatos- llegando hasta Ronald McDonald nos la han querido vender, uno saldría del mejor restaurante de la mano de la princesa de nuestros sueños con un cielo estrellado sin tener que sacudirse a los pedigüeños en las aceras o a los limpiaparabrisas en los semáforos. El principal error de quien sale de su casa dispuesto a pasársela bien es no considerar que a nadie le interesa seguirle la corriente y en cambio es muy probable que él se contagie de las telarañas de los demás, no sólo porque son más pegajosas, sino porque aunque sea sólo por número le ganan: “los feos somos más”, como cantan en otro tema los siniestros. He ahí el curioso optimismo que despliegan estas canciones de bolsillo, enfurruñarse con la propia felicidad equivale a no tomarse en serio a uno mismo, ponerse en ridículo ante los demás, que codician esa vid tan escasa. Pero al mismo tiempo es renunciar a la satisfacción egoísta para no quedarse fuera del bullicio burlón del público, sacar risas a nuestras costillas para no quedarnos solos con nuestra felicidad. Es la oportunidad para no tomarnos nada en serio y todos pasárnosla bien, como resume la parte final del “Mr. E’s Beautiful Blues”:
Bueno, yo no sé cómo te tomas toda la mierda que ves
No le creas a nadie y principalmente
No me creas
Créete a ti.
En Rock-Stock por Rock-101: Fobia
Continuado la etapa de revisionismo personal y limpieza (o más bien actualización) de los cajones empolvados, eRRemental les trae una cinta entrañable por muchos motivos. Se trata de un concierto en un antro donde nuestro personaje vivió algunas noches de alcohol y rocanrol y que harto tiempo tiene de haber bajado su cortina definitivamente, aunque extrañamente su logo todavía alcanza a distinguirse sobre Reforma casi esquina con Hamburgo, el Rock-Stock. Cuando no había oportunidad de acudir, la experiencia se podía compensar sintonizándose a otro clásico de la época, la estación de radio Rock-101, que los viernes o sábados tenía por costumbre pasar en vivo lo que pasaba en el escenario del Rock-Stock. Una banda de la colonia rival del Valle (¡Narvarte hasta la muerte!) empezó a armar ruido y se volvieron habituales del Stock, el Rockotitlán, el Nueve, la Cumbancha, se llamaban Fobia y en plena euforia del Rock en Tu Idioma consiguieron grabar su primer disco. El guitarrista y el cantante habían sido novios de las hermanas de uno de los mejores amigos del eRRe. Crecer parecía un juego. Los amigos metaleros del eRRe se mofaban de la portada del disco de Fobia, ya desde entonces considerados fresas, con sus dibujitos infantiles; la verdad es que oír ese disco fue uno de los placeres culpables del eRRe durante aquel periodo de sobredosis de Kreator, Napalm Death y Testament. No hace falta comentar que finalmente Huidobro terminó convertiéndose en uno de sus autores predilectos del rock nacional, pues en alguna otra parte del blog el eRRe ya ha mencionado algo al respecto. Igual nunca pudo sacudirse la decepción –como muchos fans de la banda en aquel entonces- cuando ese primer disco no incluyó “Morder el polvo”, éxito indiscutible en vivo pero cuya lírica que exhibía sin pudor alguno su asotadez (“al verme los niños lloran/al verme los perros me ladran… me corto la lengua le echo sal y me la trago/me visto de negro, me pongo en el sol y me deshago”) desentonaba con el tono de cri-cri-new-wave del álbum; aun así hasta la fecha podría considerarse como uno de los himnos de angustia adolescente más esenciales del rock mexicano. El eRRe con su memoria elefantiásica que tantos problemas trae recuerda que en alguna entrevista de la época la banda dejó la posibilidad de incluirla en un futuro disco en vivo, lo cual nunca sucedió. La grabación quizá también sea apreciada por algunos debido a la inclusión de otros dos temas nunca lanzados comercialmente, “Por las noches” –presentada desde aquellos días como “parte del material viejo del grupo”- y “Los deditos”, en la misma vena azotada de “Morder el polvo”. Así que aquí lo tienen todo: el Rock-Stock, las identificaciones de Rock-101, Fobia, las noches de radio y de soñar despierto, las rolas, los casetes, la inocencia… una especie de extracto concentrado de la adolescencia del eRRe. ¡Disfruten!
*Fobia en Rock-Stock por Rock-101 en algún momento al final de los ochenta:
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*Fobia en Rock-Stock por Rock-101 en algún momento al final de los ochenta:
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Gerardo Enciso, corredor callejero
La primera vez que el eRRe publicó un texto no lo hizo bajo el apelativo por el que ahora es conocido o el que le dieron sus padres en la pila de baustimo. Lo hizo bajo el nombre de una canción de Gerardo Enciso, “Corredor callejero”, en una revista que los hermanos maristas hace tiempo se encargaron de exterminar. En una vena menos picaresca que la de Rockdrigo o Jaime López, el Enciso siempre pareció contener la dosis de drama exacta para el rocanrol –que finalmente quizá sea la expresión cenital del romanticismo. En las canciones del Enciso resonaba el espíritu del Springsteen de “Racing in the Street” al unísono con el José Alfredo de “Tu recuerdo y yo”. Varias veces el eRRe ha tenido la oportunidad de saludar a este buen maese a través de los años, entre las primeras una en los baños de Rockotitlán a la voz de “al cabo son meados” y la última a principios de 2007 –quizá finales de 2006- entre bastidores del Zinco Jazz Club con traguitos de tequila de por medio preguntándole por su siguiente disco que al parecer todavía no ha visto la luz. Revisando el cofre de lo pasado, eRRe dio con esta grabación de un concierto ofrecido por Gerardo Enciso en el entonces llamado “Espacio de Alternativo del Sur”, una especie de Tianguis del Chopo que en algún momento de los noventa la estación de radio Estéreo Joven (hoy transformada en Reactor) intentó poner en marcha los domingos por la mañana en la explanada del IMER de la capital mexicana. El concierto fue grabado por un eRRe preparatoriano grabadorcita en mano, así que disculparán la calidad. En compensación se incluyen un par de rolitas, “Puertas” y “Un poco de amor”, tomadas de una transmisión de la misma Estereo Joven limpiecitas –salvo timbrazos telefónicos de los radioescuchas. Salud!
http://rapidshare.com/files/96646134/Gerardo_Enciso_En_un_mar_de_gente.zip.html
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