viernes, 13 de mayo de 2011

Mamarracho de un sábado reciente...

Naufragando el mediodía por coordenadas turquesa que dirigían tus reflectores gemelos. La conversación tambaleaba el fino hilo de aire sobreviviente al estallido a través del abismo que nos separaba. Desayunamos historias fracturadas de un siglo demasiado enjuto para recién estrenarlo, sentados frente a una pintura de mendigos con milagros reciclados para un predicador que no multiplicaría peces, ni siquiera fe, pero inyectaba la dosis perfecta de resignación para llegar a un mañana imaginado en plastilina. Luego salimos a la calle como a un vivero de fábulas y diamantina, el ballet de tus dedos tallaba el aire de talismanes minuciosos contra conjuras pendulares, y tu voz teñida de fanfarrias de rocío, naciones crisálidas que te sembraron alas, y duendecillos de Babel que destapan botellas de champán con cada respiración, y de repente sacudías los enjambres de ninfas que revoloteaban frente a ti. Atisban tu perfil arquitecturas encriptadas para mártires del estío, dinteles esmerados en desvelo, ángulos de ornato que transgreden el buen gusto de la angustia; temeroso de tropezar el sacramento de la pendiente devuelvo la vista de golpe a la senda de origami ultrajado que recorremos, el primer sudario de memoria que absorba un rostro pasará una eternidad condenado. Subimos al palacio efervescente de la atmósfera, en tu recámara te maquillaste de esmeralda porque de los labios te resbalaban sílabas de un idioma extraño como animalitos hechos ovillo de terciopelo, mientras tu silueta bruñida de resolana, el trigal de marea alta en tu cabello, esas piernas alargándose hasta Dios y la maldita cama desmayada. Te acompañé a resolver negocios terrenales: remendar las correas de esperanza, comprar quitamanchas que nunca alcanza en esta industria de la respiración. Al despedirnos la permanencia de la ciudad me sobresalta: que haya coches acelerando en avenidas, que haya gente retrasada para una cita, que haya fichas de depósito, tonos de celular, telarañas magnéticas en el aire. Me asusta que esté obstinada en resistir al derrumbe del cielo. Y más que asustarme, fascina: el artificio de la perspectiva.

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