We are the pigs,
We are the swine,
We are the stars of the firing line
-“We are the pigs”, Suede
We are the swine,
We are the stars of the firing line
-“We are the pigs”, Suede
Eran de esperarse las primeras reacciones en el mundo dando un trato de apestados a los mexicanos so pretexto de la epidemia de influenza. En Argentina y Francia suspendieron vuelos, a las Chivas y al San Luis no les dejaron jugar la Libertadores, desde Alemania me reportan que en un par de ocasiones le negaron el saludo a Tachepiranha a menos que comprobara no haber visitado su tierra natal en fechas recientes, y de China mejor ni hablamos... Como si la epidemia fuera consecuencia de una nacionalidad y no de una mutación viral. Como en la rola del Personal, ahora resulta que nosotros somos los marranos, somos los cochinos, y eso nos saca muchísimo de onda, ¡a nosotros!, que allá en el Mundial del 70 a falta de laureles futboleros nos declaramos campeones de la amistad, nosotros que hacemos chistes de la mamonería argentina, de la lentitud de los gallegos, de los ojos de alcancía de los chinos, que nos burlamos de los pueblos del mundo, y como piensan algunos ingenuos, hasta de la muerte. Esto no viene más que a demostrarnos la poca satisfacción que obtenemos de las explicaciones sencillas, como las da la ciencia: ¿Un virus que se contagia entre humanos? Ah, no, vamos a matar a todos los cerdos del país, como decidieron en Egipto, y a esos pinches mexicanos que ni se les ocurra acercársenos.
Medidas de vida o muerte que responden a la lógica del clan. Y nada fortalece más la unión entre los miembros del clan que el temor a una amenaza común. Un clan ataca a otro en defensa propia, para que los suyos prevalezcan. A eso conduce el regreso a las necesidades básicas que proponen los cerebros intoxicados de doctrina de la nueva era, jipismo reciclado o, en el peor de los casos –heroína ideológica-, globalifobia de complejos persecutorios a nivel cósmico. Si de volver a lo básico se trata, nada más básico que la defensa de la propia vida: los sanos vs. los enfermos. Raíz del rudimentario sentimiento de pertenencia que posteriormente sofistica la ciudadanía y el más abstracto concepto de nacionalidad que, con razón, de repente incomoda tanto, si nos recuerda el sentido más primigenio de entender la humanidad, casi rebajándonos a los lodazales donde se revuelca la bestia: el instinto de supervivencia.
Pero si está rodeado de fango es que por algún lugar empiezan a construirse los escalones. Caer en la cuenta de que toda sociedad sienta sus principios en esta porquería es una de las mejores partes cuando uno ve la película “28 días después” (nada sutilmente traducida como “Exterminio” en la época de su estreno), del director Danny Boyle –el mismo de “Trainspotting” y “Slumdog Millionaire”-. Retrata una epidemia de índole muy distinta a la que actualmente atravesamos, un virus que propaga la furia (rage) entre los humanos (y los animales); en lo que sí coincide con la influenza es en las vías de contagio: los ojos o la boca (y se asume que la nariz o cualquier orificio con mucosidades); aunque, claro, aquí no hablamos de partículas invisibles a las que ni remotamente quepa darles pelea con un triste cubrebocas, sino de chorros de sangre que los zombies poseídos por la enfermedad vomitan directamente en la cara de los infortunados que se ponen a su alcance. Jim, un repartidor que lo último que recuerda es haber sido atropellado mientras manejaba su bicicleta, despierta en un hospital vacío y con su ropa de convaleciente sale a recorrer unas calles de Londres todavía más vacías en una escena que fondeada con la música tremendista de Godspeed! You Black Emperor produce un efecto descomunalmente desolador. Selena y Mark, dos sobrevivientes de la epidemia a los que Jim conoce mientras intenta escapar de su primer encuentro con los infectados, le informan que debido a la agresividad de este peculiar padecimiento, el único remedio aplicable consiste en matar a los infectados. No importa quién sea, tu madre, tu esposa o tu hermano, cuando sospechas que alguien está infectado tienes 30 segundos antes de que se arroje furibundo sobre ti contagiándote. Por esta causa Mark se les quedará en el camino.
El enfermo siempre es inocente. Lo advertimos en el caso de Frank, el papá de Hannah, personajes que se unen a Jim y Selena en la búsqueda de una solución prometida en una transmisión que captan por radio. En pantalla, Frank es el único que se contagia por casualidad, no por el contacto directo con un enfermo, sino por una gota de sangre que resbala de una viga justo en el momento en que él levanta la vista. Pero su inocencia no lo salva. Frank, como cualquier infectado, debe ser aniquilado antes que contagie a los demás, incluyendo a su hija Hannah, que desesperada berrea por una piedad vedada para su padre.
Y todo por el bien intencionado propósito de regresar a lo básico…
“28 días después” empieza con un grupo de jóvenes defensores de los animales que allanan un laboratorio donde varios simios son mantenidos en cautiverio con propósitos experimentales. Pese a las advertencias que reciben a tiempo de un científico respecto al peligro que entraña liberar específicamente a estos animales, nuestros muchachos, irreversiblemente estimulados por la nobleza de la causa que defienden, abren las jaulas y de inmediato un rabioso simio salta sobre una de las abnegadas justicieras desatando un peligro epidemiológico de consecuencias impredecibles. Mencionando esto nada dista más de mi intención que avivar la hoguera de teorías de conspiraciones financieras, de guerra bacteriologíca y creo hasta supraterrenas que funden las neuronas de la población por estos días. Lo que sí me interesa es poner el dedo en la llaga de la promesa de mayor tranquilidad -algunos desvergonzados incluso hablan de felicidad-, que supuestamente nos traería una vida sin posesiones materiales que retomara la esencia natural de ser humano. Patrañas. No es cierto que volver a lo básico nos libere, es la restricción más severa de nuestra libertad. No simplifica nuestras necesidades, las estrecha, y, por lo tanto, endurece nuestros criterios.
Como la vida “básica” no ofrece nada, tenemos que buscarnos nuestras necesidades. Una vez que Jim, Selena y Hannah encuentran la fortaleza de donde procedían las transmisiones de radio descubren que han caído en una trampa. El mandamás del incierto ejército (nunca se nos explica si eran militares antes de la epidemia) se sincera con Jim: “Les prometí mujeres. Un montón de hombres solos acaba suicidándose. Pero las mujeres son el futuro”. Un paisaje sin futuro resulta una visión insoportable bajo cualquier mirada, el primer requisito para entrar en posesión de la vida es tener un futuro, y aprendemos de la naturaleza que más nos vale conseguirnos uno cueste lo que cueste. Jim comprende entonces que para asegurar su futuro tendrá qué convertirse en un infectado aunque no contraiga el virus de la furia. Porque incluso aquellos que se creen saludables están lo bastante enfermos para no darse cuenta que la violencia a la que tanto temen ha penetrado los muros de su fortaleza en la que se sienten tan seguros. No lo haría en otras condiciones, Jim preferiría una tazá de té, una cama caliente y un besito de Selena, pero eso vendrá después, para conseguir esas cosas sencillas que ofrece la vida primero va a tener que matar a todos estos hijos de puta que quieren desaparecerlo. Combate el fuego con fuego. Ponerle remedio a una enfermedad exige asumir el lugar del enfermo, pero enfermo de una aflicción muy particular con mayor potencial maligno a largo plazo, pues para encontrar el mal que combata el mal hace falta un mal premeditado, un mal fruto de un ejercicio del pensamiento. Regresar a lo básico es asistir al engendramiento de las razones para la maldad.
Abominamos de la vida básica y nos encanta complicarnos la vida. De hecho no existe otra manera de disfrutar la vida más que complicándola. La disfrutamos en la medida que resolvemos nuestras necesidades primordiales al grado que ni siquiera las percibimos como tales y nos permiten entregarnos a zozobras eminentemente de menor urgencia como el amor y la política. Esto a Jim le toca descubrirlo de la manera más dura. En esa plática íntima, la primera pregunta que el mandamás castrense le atiza es: “¿A quién tuviste que matar? Porque tuviste que matar a alguien para mantenerte vivo”. Con reticencia, Jim acaba admitiendo que fue un niño, tuvo que matar a un niño para conservar su vida. Y no hay manera de culparlo. Igual que seríamos unos hipócritas si culpáramos al resto del mundo por el trato discriminatorio que actualmente nos dedica y que seguramente todavía tendremos que aguantarnos un rato más los mexicanos. Seamos francos, si estuviéramos en su posición, de elegir entre ellos o nosotros, haríamos lo mismo. Otra complicación que se les olvida tomar en cuenta a nuestros entusiastas promotores de la sociedad silvestre en la idílica visión que tienen de nuestros antepasados, si las circunstancias de vida o muerte hallan condiciones propicias en la restricción de nuestras necesidades, estas cuestiones a menudo terminan resolviéndose en actos de matar o morir.
Entender el proceso no significa justificarlo.
Hace poco veía otra producción, “Generation Kill”, una miniserie que algunos de los creadores de la serie “The Wire” hicieron sobre la primera brigada de marines que entró en Irak, uno de ellos suelta una verdad lapidaria: “el hecho es que la gente que no puede matar siempre estará sujeta a la que sí puede”. Pero el hecho también es que en el estremecimiento de Jim, cuando no le queda más que reconocer el asesinato –justificado o no- de ese niño, encontramos la historia de la cultura humana. Y de lo que trata la historia de la cultura humana es de la fuga despavorida que nos inspira contemplar su espantoso origen. Mientras más lejos estemos de lo básico, de las tinieblas por las que empezamos a hacernos hombres, por nosotros mejor. Desde nuestra condición de enfermos adquirimos un arma inaccesible para los presuntos sanos en toda su asepsia, el arma que nos da conocer una verdad superior a la del marine. Una verdad tan sencilla como decir que no somos los infectados de “28 días después”, la verdad de que la negligencia aplicada a los cerdos egipcios no es la única cura posible para nuestra enfermedad, la verdad de que no hay una “gripe mexicana” y sí una nueva cepa de influenza que representa un riesgo a la salud del mundo entero. Para promulgarla, tal parece que un crucifijo o hasta cualquier talismán servirán más que todos los informes médicos que seamos capaces de recopilar. Visto está que las explicaciones que da la ciencia nunca le vienen lo suficientemente complicadas a nuestro intelecto.
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