Qué felices los días en el Chopo. Después de un rato de no ir es como lo más parecido a un mundo "bueno". Sí, aun con los chavos que te acusan por robarte una película sin fundamento. Aun con los chacales que venden los discos a precio de maná (sin Fher, por favor). Aun con el calor de marranos y con que en el estacionamiento de Suburbia invariablemente quieren dejártela caer por quince minutos más. Hacen que te olvides de todo. O de casi todo, te recuerda que incluso los mundos "buenos" tienen sus problemas. Pero de todo lo demás sí... Te hacen olvidar de que puedes estar a horas del entierro de tu vida. Te hacen olvidar lo canalla que tú mismo eres todos los días. Te hacen olvidar las grandes preguntas. Los grandes momentos. Los grandes nombres. Las grandes preocupaciones. Te hacen olvidarte del olvido. Los días en el Chopo son aún más felices cuando recibes la llamada de alguien desde lejos que no necesita decirte que te extraña para que sepas que te extraña. Los días en el Chopo son felices porque son la secundaria y las crudas que es mejor pasarse rodeado de música y los weyes de los puestos que ni siquiera saben cómo te llamas pero con los que puedes platicar de nuevos discos como otros weyes platican de las viejas que se cogen, los días en el Chopo son felices porque son amigos, y casetes, y Banda Rockera, y toquines, y mota, y chelas, y nalgas, y cábula, y viniles raros, y regateo, y cedés, y playeras, y toda esa basura de la que podrías prescindir cualquier día pero sin la cual esta pinche vida sería más yerma que la Tierra Baldía de Elliott. Después de todas las amputaciones... el rocanrol todavía rockea.
P.S: Tachepiranha, el eRRe ya tiene tu encargo; búscalo pronto en este mismo blog.
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