lunes, 7 de marzo de 2011

Justicia sampleada:el derecho a la ficción en “Presunto Culpable”

Texto leído el 7 de marzo de 2011, en el programa "Señales de Humo", de Radio UdeG, XHUG 104.3 FM de Guadalajara, lunes a viernes, 9:00hrs. http://www.radio.udg.mx/

Si lo permiten empezaré desde mi experiencia. En fechas recientes problemas personales me han obligado a familiarizarme con el lenguaje y los procedimientos del sistema legal de nuestro país, concluyendo que lo más grave ni siquiera es que sea justo o injusto, sino que parece diseñado para borrar el sentido común en procesos turbios, intrincados y, en resumen, incomprensibles para el ciudadano de a pie, de tal modo que, cuando llega, ninguna sentencia disipa las dudas. Como no soy un experto, en el aspecto judicial es la mejor opinión que puedo ofrecer. Lo que sí percibo sin necesidad de un doctorado en derecho es que en el caso de “Presunto Culpable” más que la prohibición a determinada película o un intento de censura en la tradicional lectura política, está en juego un atentado contra nuestro derecho a la ficción.

Tomo el término prestado del crítico literario francés Christian Salmon en un libro que recomiendo a todos los radioescuchas, “Tumba de la ficción”, publicado en castellano por Anagrama. Echándole una ojeada uno se da cuenta que lo sucedido con “Presunto Culpable” suma un episodio más a una vieja historia que incluye “Las almas muertas” de Gogol y “Los versos satánicos” de Salman Rushdie, obras a impugnadas por obtener un beneficio creativo a costas de información institucional que sólo por eso debe ser tomada en serio -la burocracia rusa en el caso de Gogol, el Islam con Rushdie, ahora el sistema judicial con PC. El derecho a la ficción no equivale a libertad de expresión, un término al que hemos cargado de tantas connotaciones políticas, periodísticas y sociales que acaban contradiciendo su sentido. En su libro Salmon lo aclara contando cómo si bien occidente fue unánime en el repudio a la condena de muerte dictada sobre Rushdie, desde la derecha y la izquierda surgieron voces que pretendiendo conciliar justificaban en parte la reacción porque Rushdie había abusado de la libertad de expresión sin justificarse en una crítica o denuncia sino por un mero capricho de fantasía. El problema con la libertad de expresión es que rinde cuentas a la diplomacia. El derecho a la ficción es un irreverente que no respeta normas de etiqueta ni sabe de responsabilidad social, lo único que le interesa es la garantía de libre acceso a los materiales propios del acto creativo, que no son otros que los proporcionados por la realidad.

“Presunto culpable” no es un trabajo de ficción, seguro, aunque los realizadores han insistido en entrevistas que tampoco se le vea como un documental. En realidad la distinción sale sobrando, de igual forma es producto de un acto creativo. Las puras filmaciones de las audiencias, los careos, la cárcel, por sí mismas nos habrían dicho bien poco. Alguien tuvo que seleccionar material, ordenarlo, editarlo, darle cierta congruencia narrativa. Las historias no se cuentan solas. Esto que de tan obvio ni habría necesidad de mencionarlo es parte substancial del asunto y el punto en que “PC” cruza el álgido debate sobre la práctica del sampleo en la música de hoy en día, entrando tarde pero seguros al tema acostumbrado en el espacio de eRRemental.

Samplear significa apropiarse de elementos de una o más canciones ajenas para integrarlos en una nueva creación. Un concepto cuya polémica si queremos podemos remontarla hasta Mozart y Sallieri, pero que adquirió particular auge a partir de la década de los 80, cuando la tecnología facilitó la manipulación directa de los discos. Mientras el sampleo fue hábito de unos cuantos grupos de hip-hop en los ghettos negros a nadie le importaba, pero en cuanto empezó a producir ganancias las demandas no se hicieron esperar. Y hablamos de artistas con vidas tan aseguradas en millones como Keith Richards y Mick Jagger, que demandaron a The Verve por usar en “Bitter Sweet Symphony” un fragmento que ellos ni siquiera habían incluido en un lanzamiento oficial . Y claro, lo primero fue discutir la fina línea que separa plagio de originalidad. Pero en 2004 el productor y DJ Danger Mouse puso el dedo en la yaga con un experimento que desnudó la hipocresía de la originalidad institucional. El Grey Album o Album Gris presentaba una reinvención del Black Album del hip-hopero Jay-Z armado con fragmentos instrumentales que tomó sin autorización del Album Blanco de los Beatles, la compañía EMI, dueña de los derechos de inmediato puso el grito en el cielo emprendiendo firmes acciones legales, pese a que el disco nunca estuvo en circulación masiva y si el pretexto era que Danger Mouse buscaba fama aprovechándose de las pegajosas tonadas de los Beatles, la verdad hay muy poco que recuerde al cuarteto de Liverpool en el Grey Album.

Hasta donde sabemos, el amparo que mantiene en la incertidumbre a “Presunto Culpable” responde a un principio bastante similar: una de las personas que aparece en la película se queja por el uso no autorizado de su imagen. Los abogados-cineastas detrás del filme han respondido a esto citando el derecho constitucional a las audiencias públicas. Sin embargo hay indicios de una respuesta más rotunda posible de la cual da indicios el periodista Jonathan Lethem en un texto publicado en México por la pequeña casa Tumbona ediciones con el curioso título de “Contra la originalidad”. Ahí Lethem señala el absurdo de pelear derechos de imagen o de autor en especial con la tecnología que ahora nos asiste. “Porque un auto o una bolsa, una vez robados, dejan de estar disponibles para sus dueños”, escribe Lethem, “mientras que la apropiación de un artículo de “propiedad intelectual” deja intacto al original”. Las ideas para un acto creativo saltan de lugares inesperados, le da lo mismo un disco que una audiencia judicial. Así como el factor Beatles acaba siendo irrelevante pasado por la destreza de Danger Mouse manejando la mezcladora, el testigo convertido en personaje, el juez, hasta Toño, el protagonista, cada uno tomado por separado pierde importancia frente a las dimensiones de la historia que nos cuenta “PC”, ese gran sampleo del sistema de justicia mexicano. Es lo que otorga el derecho a la ficción: la posibilidad de un entendimiento superior a partir de la creación de realidades que trasciendan las limitantes individuales. La parte difícil radica en que por su propia naturaleza insubordinada el derecho a la ficción muere en cuanto se intenta estamparlo, inmovilizarlo, en la ley. Lo cual no impide formular leyes para propiciarlo. Estipular que los juicios puedan registrarse en cualquier tipo de medio audiovisual sin que medie permiso del juez y asegurar, con las debidas pertinencias, el libre uso de actos y espacios públicos con fines creativos sería un paso de aplaudirse.

**********ERREMENTAL, INDAJAUS!!************

1 comentario:

Gerardo de la Cruz dijo...

Al cabo, pasar por encima del derecho a la creación, a la ficción o a la libertad de expresión, en nuestro querido México, tiene las mismas consecuencias, o similares.