martes, 1 de julio de 2008

¡Gloria a los Modern Lovers!

Sólo es posible aguantar un rato de Mick Jagger hablando de frustración sexual [en "Satisfaction"], en cambio de algún modo “Roadrunner” nunca envejece.
-Judy Berman en tinymixtapes.com
En su atinado libro Rebelarse vende, los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter señalan cómo todo el garlito de la revolución sexual terminó para algunos de nosotros en la ridiculez de no saber cuál es la mejor manera de saludar a una dama: ¿dar un desinhibido beso o un apretón de manos respetuoso de la igualdad de género? Uno de esos fue Jonathan Richman, curiosamente el alumno más avezado del Velvet Underground en Boston entendió que cuando Lou Reed cantaba “Heroin”, no se refería a una droga sino a encontrar algo real –real para uno, como es la única posibilidad que la realidad tiene de existir. Cuando fundó el grupo The Modern Lovers acostumbraba iniciar sus shows con una canción llamada “Someone I Care About” en la cual declaraba cambiar gustoso “los triunfos de cocaína en un bar” a favor de mejor encontrar a “una chica que me importe o mejor nada”. Afirmación inusualmente “uncool” para su época. Y también para la nuestra.
“Someone I Care About” es comandada por una guitarra que repite frenética los mismos acordes, como queriendo encontrar una construcción estable y duradera en medio de la dispersión psicodélica de los hippies que a la postre terminaría en el horror del rock progresivo (léase rock con aspiraciones sinfónicas sin los suficientes huevos para de verdad componer una sinfonía). “Old World” declara sin vergüenza su amor por la década de los cincuenta citando a la “novia de Nueva York que no podía entender cómo es que todavía amo a mis padres y todavía amo el viejo mundo”. Es la voz de alguien simplemente demasiado confundido para encontrar su lugar en un mundo que ha borrado todo tipo de certezas y en “Girlfriend” acepta su necesidad por dar con un concepto susceptible de ser manejable: “he encontrado una novia, eso es algo que puedo entender”.
Y aun así en el coro es incapaz de deletrearlo bien: “That’s a G-I-R-L-F-R-E-N”. Imposible tener una "girlfriend" en forma como las de antes. Hace no demasiado tiempo el eRRe platicaba con su Pontificio Maestro de Guanajuato acerca de cómo el arte de hoy ha perdido cualquier horizonte de moralidad. Cuando Jonathan Richman eligió el nombre para su grupo lo que más le gustó fue que se trataba de una justa representación de sus canciones: combinaba lo más nuevo con lo más viejo. Su aprecio por los valores eternos sería imposible desde un panorama que justamente ha negado toda su justificación. En “Roadrunner”, por ejemplo, una canción versionada entre otros por epítomes del libertinaje como los Sex Pistols, oímos: “I’m in love with modern rock & roll/Modern girls and rock & roll”. Pero resulta que las “modern girls” no quieren saber nada de ineptos que necesiten una “g-i-r-l-f-r-e-n” para saber de qué va el asunto o alguien que de verdad les importe más que cualquier otra persona. Ellas quieren andar con “hippie Johnny”, con todos esos novios que dicen ser profundos y abiertos de mente,“pero si de verdad todos esos tipos son tan grandiosos, ¿por qué por lo menos no pueden tomar mi lugar y ser derechos”. El mundo moderno en realidad es la gran influencia de Richman: “hay sexo en un día soleado/que brilla en la calle Boylston/y estoy enamorado con los E.U.A./Así que comparte el mundo moderno conmigo”. ¿Pero en realidad hay algo que compartir cuando da igual con quien lo compartas?
Para Jonathan Richman este es el tiempo más excitante para amar a alguien. Las luces de neón, las carreteras infinitas, la música estridente, lástima que nadie pueda darse cuenta de ello, entonces el Roadrunner viaja solo “con la radio prendida”. En sus conciertos a menudo Jonathan pedía que parase la banda con la intención de que la audiencia pudiera entender las letras en el aluvión de abucheos y botellazos. Durante una de las sesiones en que los Modern Lovers intentaban grabar su primer disco, John Cale bajista y violista de sus admirados Velvets le suplicaba que cantara con más rabia. “¿Por qué?”, contestaba Richman, “si no quiero transmitir rabia”. Quizá por eso lloraba cuando cantaba “Hospital”, era un himno de resignación ante lo que nunca podría cambiar, las chicas modernas inevitablemente acabarían en el hospital y aun así cuando salieran él quería que lo dejaran volver a entrar en su vida. No entendía lo que hacían, a veces no las entendía a ellas mismas, pero había algo mayor, algo inevitable: “estoy enamorado con el poder que translucen tus ojos”. Y eso está fuera de los calendarios, más allá de las creencias que uno pretenda mantener, más allá incluso de las dueñas de esa mirada. Algo eterno. Un revoltijo de entrañas que no pasa por la razón… igualito que el rocanrol.

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