lunes, 17 de noviembre de 2025

Justicia artificial, ¿o reforma judicial?

Lo justo sigue siendo justo, aun si nadie lo practica. Como la injusticia no deja de ser injusta porque todo el mundo la ejerza.
G.K. Chesterton

Hay inmensos retrasos en procesos judiciales, tribunales atascados de expedientes y el personal está superado. La percepción general es que los jueces benefician a los poderosos y sólo cuidan intereses egoístas. Esto, que parece un repaso de las circunstancias que llevaron a la reciente transformación del poder judicial en México, son también las premisas de la película española de 2024 Justicia artificial.

Su director, Simón Casal de Miguel, realizó en 2022 un documental del mismo nombre que se complementaba con el subtítulo: “La justicia en tiempos del colonialismo digital”. Era una exploración de las consecuencias y los límites del uso de inteligencia artificial en la impartición de justicia que ahora se amplía con esta ficción cuyo guion, en realidad, empezó a escribirse antes del citado documental. La película está pobremente calificada en las páginas de valoraciones en línea quizá porque hacia el final la trama central se diluye y pierde fuerza, pero hace planteamientos de notable actualidad, particularmente viéndola desde un país que se embarca en una aventura judicial inédita.

THENTE es una inteligencia artificial que sirve de apoyo al actuar de los jueces. Ante las limitaciones, errores y vicios del material humano, se contempla la posibilidad de que esta nueva tecnología tome control absoluto de la justicia. Se organiza un referendo para que la población de España en conjunto sea la que decida por el “sí” o el “no” de la propuesta. Días antes de que esto se lleve a cabo, la desarrolladora del algoritmo principal, Alicia Kovack, muere en un extraño accidente automovilístico y deja pendiente una plática con la jueza Carmen Costa, quien de todos modos es contactada por la compañía para brindarles asesoría.

El cuestionamiento central radica en la neutralidad de los jueces. Se asegura que esta quedaría garantizada por el algoritmo ético que rige la inteligencia artificial. La obsesión de sus creadores en los días previos al referendo será reafirmar la percepción de dicha neutralidad ente la población. Carmen, en sus indagaciones, detecta que el sistema emite sentencias diferenciadas para un mismo delito. Resulta que hace valoraciones extrajudiciales  –a partir de elementos como los antecedentes crediticios o de salud de un infractor- para “determinar el futuro que cada quien puede tener en la sociedad”. Es la explicación que ofrece uno de los directivos de la empresa detrás de THENTE, para concluir que “la justicia nunca es igual para todos”. A lo que Carmen objeta: “La ley sí”. Eso del “futuro que cada quien puede tener en la sociedad” suena tan ambiguo como cuando aquí, al otro lado del charco, nos pregonan que los nuevos jueces estarán “al servicio del pueblo”, si consideramos que el pueblo lo conforman personas, cada una movida por distintos intereses y distintos niveles de apego a la legalidad. 

Por supuesto, existen voces críticas, y con muy buenas razones. “La justicia siempre ha sido incómoda porque controla al poder político y económico, representa el último baluarte en la defensa de los derechos fundamentales”, argumenta un colega de Carmen que intenta convencerla de posicionarse en contra del algoritmo. “Hablan de eficacia y de neutralidad para ocultar el verdadero objetivo: el control de la administración de justicia de todo un país”, remata. Carmen habrá de exponer que su mayor reserva consiste en que THENTE basa sus sentencias en datos del pasado, por lo que “es incapaz de interpretar una ley en un contexto social cambiante, incapaz de generar nueva jurisprudencia, incapaz de avanzar”. Imagínense ahora el escándalo que sobrevendría si se divulga que el algoritmo supuestamente ético en realidad admite excepciones (excepciones dictadas por el poder, naturalmente).

Cabe destacar que, en este aspecto, Justicia artificial sí toma distancia de la realidad mexicana. Un argumento reiterado a favor de la inteligencia artificial es que evitaría la politización de la justicia. Aquí, evidentemente, se buscó todo lo contrario. Por lo menos a mí me tocó escuchar a una devota de la reforma judicial esgrimir precisamente que la justicia mexicana necesitaba politizarse, aunque nunca entendí muy bien sus justificaciones. Uno pensaría que por algo será que la mayoría de las democracias del mundo mantienen política y justicia tan lejos como los cerillos de la gasolina. Para el caso, da lo mismo, tristemente la película deja ver con cuánta facilidad puede amañarse un ejercicio de barniz democrático para inclinarlo hacia uno de los lados.

Una vez que las tendencias indican que el el referendo lo ganará el “sí”, aquel juez opositor que se desgarraba las vestiduras por los derechos fundamentales y el contrapeso del poder, se vuelve un manso corderito contento porque papá gobierno dejará a los jueces humanos para las segundas instancias, y uno se pregunta si su apellido no será Yunes. Así despedimos a esta España del futuro no muy lejano con la posibilidad de convertirse en la primera nación que delega su sistema de justicia enteramente a la tecnología. Mientras nosotros volvemos a esta realidad mexicana de unos flamantes jueces que alcanzaron sus cargos luego de violar los requisitos de ley para su elección.



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