domingo, 5 de mayo de 2013

El habitante más triste de una canción de Tom Waits

Pocket full of matches and a head full of flames,
Got to warn you that I'm bad news.
-“Bad News”, Mark Oliver Everett (“E”)


Le gustaba el paisaje, pero la hipnosis vino de los acontecimientos que dotaron al cuadro de resplandor fantástico. El brote de la conversación a partir de una camiseta que pudo o no haber usado en día de San Valentín, las películas delirantes, Sade e Ian Curtis, los estigmas autoinfligidos, la posesión de conocimientos que no correspondían a su tiempo, la ginebra, la llamada que recibió en el momento oportuno de su navegación mental, los universos que clarito notaba se pulverizaban ante el ligerísimo roce de los dedos de ella; cosas que el resto de la gente llamaría casualidades y en las que él veía señales de otro mundo, el principio de una gran historia.

Esto es lo que ni los demás ni él mismo comprendían. Cómo habiendo chicas que le brindaban un cariño sincero y fuerte, no le bastan esas mujeres no-tan-imposibles, las abandonaba y atravesaba el desierto a toda prisa hasta saltar al precipicio donde olía una buena historia. No medía consecuencias, no sabía hablar de amor, ¿pues qué utilidad hay en un vocablo cuyo sentido empieza a desmoronarse en cuanto es pronunciado? Pero una buena historia, eso es algo que se creía capaz de hacer.

Y lo creía como el creyente de un culto. Que esa historia debía ocurrir. Así, arrastraba su cuerpo andrajoso un día sí, el otro también, hasta la taberna que a ella le servía de templo para oficiar sus rituales de gracia y displicencia, de belleza elegante y despiadada, lacerante como cerezos rozagantes en invierno, sentía que con los tarros vacíos se llevaba un trozo de su respiración, entre las mesas no caminaba, ejecutaba una danza envuelta por una atmósfera distinta; mientras él bailaba en su mente encontrándole equivalentes míticos en canciones que conocía: “Pretty Young Thing”, del Thriller de Michael Jackson por su edad floreciente; también era la hija del “Farmer John” que canta Neil Young, “la de los ojos de champán” (había desgastado vigilias en deliberar sobre el color de aquellos ojos sin obtener conclusión); era la “Ballerina Out of Control” de The Ocean Blue y la mesera que en una ciudad llena de gente acapara el pensamiento del vagabundo que protagoniza la rola “The Waitress”, del rapero sensible Atmosphere; lo cegaba con la “Sunshine Smile” que abre el álbum debut del grupo inglés Adorable y era la "Perfect Girl" de The Cure ("I think I'm falling, I think I’m falling in love with you"); terminó por bautizarla “Tiny Dancer”, como en la pieza de Elton John: “now she’s with me, always with me”. Una profesión de fe.

Pasó una primavera volándose los sesos, siempre con noche embarrada en los zapatos y una mancha de sangre en la camisa, siempre pensándola. Le contó de la gran historia que les aguardaba, pero ella tal vez estaba interesada en asuntos más pragmáticos, después de todo vivía con su novio en lo que parecía un estado de eterna mudanza. Una noche le confesó que no amaba a aquel hombre. Otra: “quiero estar bien con él”. Cinco palabras ligeras, triviales, letales como saetas. Se sintió un traidor. No tanto por la amistad obligadamente trabada con el aludido en su anhelo de pasar aunque sea cinco minutos más con ella, sino porque era evidente la divergencia de intereses entre ellos dos. Ella quería estar bien con su novio y, evidentemente, él quería lo contrario; para estar con ella.

Casi al mismo tiempo y por sorpresa (no había conexión obvia entre la idea anterior y esta) lo embistió un pensamiento más desastroso: que cuando ella cumpliera 40 (escasos dos años más de la edad que él contaba en ese momento), muy probablemente él ya sería morador de una cripta… o cenizas… carne para el asilo, si bien le iba. Es cuando realmente la carpa del circo se vino abajo. Aun cuando sabía que iniciar una historia significa una carrera más o menos delirante hasta su término, y que, por lo común, las grandes historias carecen de finales felices, esto era un despropósito desde el principio, ni siquiera una historia mal avenida, era el llano e inasible paso del tiempo lo que pretendía contar, con perfumes de pasillos de hospital y líquidos de embalsamamiento. De pronto le sobrevino una visión de sí mismo como lo que nunca quiso ser: el habitante más triste de una canción de Tom Waits, con la cabeza gacha, la mirada hundida en su cerveza, al fondo de una larga barra, a la espera de un último aliento vital; no un enfermo romántico, sino un presagio de la degradación espesa que nos espera a todos los que no tuvimos la decencia de vivir rápido y dejar un cadáver exquisito como marca la etiqueta del más ortodoxo rocanrol.

Se creyó capaz de escribir una buena historia. Pero la historia no necesitaba que él o cualquiera la escribiera, porque en el final ensimismado nadie habla, en la tierra donde nada nace, ningún árbol levanta, ningún fruto madura. Y aquí lo tienen, de nuevo encorvado, ahora sobre una computadora portátil, queriendo encontrar respuestas y tan sólo dando palos de ciego.

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