Got to warn you that I'm bad news.
-“Bad News”, Mark Oliver Everett (“E”)
Le gustaba el paisaje, pero la hipnosis vino de los acontecimientos
que dotaron al cuadro de resplandor fantástico. El brote de la conversación a
partir de una camiseta que pudo o no haber usado en día de San Valentín, las
películas delirantes, Sade e Ian Curtis, los estigmas autoinfligidos, la posesión
de conocimientos que no correspondían a su tiempo, la ginebra, la llamada que recibió
en el momento oportuno de su navegación mental, los universos que clarito notaba
se pulverizaban ante el ligerísimo roce de los dedos de ella; cosas que el
resto de la gente llamaría casualidades y en las que él veía señales de otro
mundo, el principio de una gran historia.
Esto es lo que ni los demás ni él mismo comprendían. Cómo habiendo
chicas que le brindaban un cariño sincero y fuerte, no le bastan esas mujeres
no-tan-imposibles, las abandonaba y atravesaba el desierto a toda prisa hasta
saltar al precipicio donde olía una buena historia. No medía consecuencias, no
sabía hablar de amor, ¿pues qué utilidad hay en un vocablo cuyo sentido empieza
a desmoronarse en cuanto es pronunciado? Pero una buena historia, eso es algo
que se creía capaz de hacer.
Y lo creía como el creyente de un culto. Que esa historia debía ocurrir. Así, arrastraba su cuerpo
andrajoso un día sí, el otro también, hasta la taberna que a ella le servía de
templo para oficiar sus rituales de gracia y displicencia, de belleza elegante
y despiadada, lacerante como cerezos rozagantes en invierno, sentía que con los
tarros vacíos se llevaba un trozo de su respiración, entre las mesas no
caminaba, ejecutaba una danza envuelta por una atmósfera distinta; mientras él
bailaba en su mente encontrándole equivalentes míticos en canciones que
conocía: “Pretty Young Thing”, del Thriller
de Michael Jackson por su edad floreciente; también era la hija del “Farmer
John” que canta Neil Young, “la de los ojos de champán” (había desgastado
vigilias en deliberar sobre el color de aquellos ojos sin obtener conclusión);
era la “Ballerina Out of Control” de The Ocean Blue y la mesera que en una
ciudad llena de gente acapara el pensamiento del vagabundo que protagoniza la
rola “The Waitress”, del rapero sensible Atmosphere; lo cegaba con la “Sunshine
Smile” que abre el álbum debut del grupo inglés Adorable y era la "Perfect
Girl" de The Cure ("I think I'm falling, I think I’m falling in love
with you"); terminó por bautizarla “Tiny Dancer”, como en la pieza de
Elton John: “now she’s with me, always with me”. Una profesión de fe.
Pasó una primavera volándose los sesos, siempre con noche
embarrada en los zapatos y una mancha de sangre en la camisa, siempre
pensándola. Le contó de la gran historia que les aguardaba, pero ella tal vez
estaba interesada en asuntos más pragmáticos, después de todo vivía con su
novio en lo que parecía un estado de eterna mudanza. Una noche le confesó que no
amaba a aquel hombre. Otra: “quiero estar bien con él”. Cinco palabras ligeras,
triviales, letales como saetas. Se sintió un traidor. No tanto por la amistad
obligadamente trabada con el aludido en su anhelo de pasar aunque sea cinco
minutos más con ella, sino porque era evidente la divergencia de intereses
entre ellos dos. Ella quería estar bien con su novio y, evidentemente, él
quería lo contrario; para estar con ella.
Casi al mismo tiempo y por sorpresa (no había conexión obvia
entre la idea anterior y esta) lo embistió un pensamiento más desastroso: que
cuando ella cumpliera 40 (escasos dos años más de la edad que él contaba en ese
momento), muy probablemente él ya sería morador de una cripta… o cenizas… carne
para el asilo, si bien le iba. Es cuando realmente la carpa del circo se vino
abajo. Aun cuando sabía que iniciar una historia significa una carrera más o
menos delirante hasta su término, y que, por lo común, las grandes historias carecen
de finales felices, esto era un despropósito desde el principio, ni siquiera una historia mal avenida, era el llano e inasible paso del tiempo lo que pretendía contar, con perfumes de
pasillos de hospital y líquidos de embalsamamiento. De pronto le sobrevino una
visión de sí mismo como lo que nunca quiso ser: el habitante más triste de una
canción de Tom Waits, con la cabeza gacha, la mirada hundida en su cerveza, al fondo
de una larga barra, a la espera de un último aliento vital; no un enfermo romántico,
sino un presagio de la degradación espesa que nos espera a todos los que no
tuvimos la decencia de vivir rápido y dejar un cadáver exquisito como marca la etiqueta
del más ortodoxo rocanrol.
Se creyó capaz de escribir una buena historia. Pero la historia
no necesitaba que él o cualquiera la escribiera, porque en el final ensimismado nadie habla, en la tierra donde nada nace, ningún árbol levanta, ningún fruto madura. Y aquí lo tienen, de nuevo
encorvado, ahora sobre una computadora portátil, queriendo encontrar respuestas
y tan sólo dando palos de ciego.
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