
Guadalajara, como casi cualquier cosa en la vida, importa en la medida que remite a una rola. Como el eRRe usando “Corredor callejero” de Gerardo Enciso a manera de seudónimo la primera vez que lo publicaron en la prepa
. “…Y te preguntas, ¿hay un lugar dónde pasarla bien?”. La piel monstruosa de los personajes que pinta José Fors, o el mismo José Fors, de vuelta en el DF sobre el escenario de la Pirámide tocando con la Cuca, entre Revolución y Periférico, levantando el tenis que Tachepiranha perdió en el slam, “a ver, cabrones, el dueño de este pinche tenis que se acerque al escenario o me cae que mañana no va a poder caminar”. Toqueyrol continuando sus estudios submarinos en la Narvarte protegidos con gogles de absenta: Nooo meeee haaalloooo. Calamaro que roba versos de Sabina y esta sombra que abraza a esta otra. ¿Fue la noche que acudimos juntos cuando prometió tocar por lo menos una vez a la semana en esa ciudad? No es que saberlo importe para tomarlo como un juramento de felicidad. La conversación de un hombre y una mujer deshilachados en sábanas vaporosas. That’s the power of music, dice él. I have never felt that, expira ella. Es la rola de Soundgarden, “Searching with my good eye open”. El llanto inconsolable del que por más que insistas nada te confesará la catedral. No hay quitamanchas para la pasión. Un muñequito contorsionista que baja por el espejo echando maromas. Con tan poquito un mundo que no importa el naufragio tocando a la puerta, como la niña prendida en ráfagas de Premiata. Estos secretos minúsculos que nadie escribió en un libro conforman nuestra cofradía. Este círculo perfecto. Que nadie penetra en arena desértica. Como mirarte en una foto donde no saliste. Tonta sonrisa. Patada en el ojo. Insulto que empalaga los oídos de trapo que les salen a los amantes. Aquí viene el mareo.
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