Daniel Johnston encarna el punto paroxístico fuera de cualquier glamurización de la demencia pretendida por Hollywood en la frase que Tyler Durden pronuncia en la película Fight Club (David Fincher, 1999): “Todos fuimos educados por la televisión en la creencia de que un día seríamos millonarios y dioses del cine y estrellas de rock. Pero eso no sucederá. Y lentamente nos estamos dando cuenta. Y estamos muy, muy encabronados”. ¿Podría ese sentimiento de frustración ser el diablo que Daniel está obstinado en repeler como si de los leones hambrientos que rodean a su tocayo en la Biblia se tratara? El mismo diablo que combatía cuando provocó que el aeroplano piloteado por su padre se estrellara, casi costando la vida de ambos, en su empeño por imitar al héroe de una de sus historietas predilectas, Gasparín, el fantasma amigable.

El diablo vs. Berlín
por Tachepiranha
“So this is Berlin”… dijo visiblemente emocionado Daniel Johnston durante su presentación en el otrora Teatro del Pueblo de la antigua República Democrática de Alemania. Intento hacer memoria de cuáles fueron sus palabras exactas… lo que no se me olvida es el momento de involuntaria incorrección política cuando quiso explicar lo emocionado que se sentía de visitar la ciudad, “because I am a big fan of World War II”, detalle que de inmediato distinguió a extranjeros de alemanes, los primeros celebramos el comentario con sonoras risas mientras ellos mantuvieron el silencio típico de una ciudad dura para que alguien o algo la asombren, y aun así es puerto obligado para todo navegante de la escena musical.
El respeto absurdo, más bien rayano en brutal indiferencia, con el que la gente del primer mundo asiste a cualquier espectáculo, procurando no perturbar la interpretación del artista, genera una asepsia incomoda en la que cualquier muestra de entusiasmo generado por la emoción de la música puede motivar la represión verbal de algún miembro de la audiencia. Baste recordar el jocoso episodio vivido en el concierto del maestro Nick Cave en esta misma ciudad, donde el frente del escenario lo coparon hordas extranjeras deseosas de brincar y celebrar cada ejecución del señor Cueva y sus Malas Semillas, euforia que ni por asomo se contagió a los locales, quienes estaban particularmente escandalizados por la conducta “inadecuada” de un muchacho helénico al que constantemente le pedían que se tranquilizara, ante lo cual éste atinaba a responder contundente: “Fuck you!!! This is a rock concert!!!.
Pero no siempre sucede así. Como todo un aparecido en el día de los fieles difuntos, Johnston despertó y probó el límite de la emoción de una audiencia que en cuanto se abrieron las puertas de acceso colmó el recinto. Un primer set en solitario, media hora aproximadamente de acordes toscos, voz destemplada y letras asesinas; en el escenario un hombre regordete, ajeno a las imposturas de las estrellas de rock, sus movimientos corporales fuera de control, tanto que en cualquier momento parecía que un brazo se le iba a zafar o el corazón le saltaría del pecho, parco en el trato con la gente y una forma grotesca de tomar agua de una botella. Esa fue la tónica del primer asalto. Johnston lucía bastante consistente con la imagen que alguna vez vi en el documental (que mi entrañable director musical, el eRRe, tuvo la cortesía de presentarme) The Devil & Daniel Johnston, o sea un tipo completamente alejado de lo que algunos llaman realidad pero lo suficientemente lúcido para alterar su entorno con secuencias de palabras puestas en música que caen como golpes de marro contra concreto asaltando el sentimiento sin clemencia.
Vino un receso de 15 minutos, Daniel prometió regresar con la banda abridora, una grata revelación holandesa que se hace llamar John Dear Mowing Club. Regresó dispuesto a honrar el título de una de sus creaciones “Rock this town”, simplemente resuelto a voltear de cabeza al lugar, sin perder de vista la carpeta en el atril que guardaba la letras de sus canciones… “Casper the friendly ghost”, “Rock & Roll EGA”, un cóver de sus idolatrados Beatles, “Help”, y otras, volaban por la oscuridad como mariposas de la chistera de un mago extravagante indefenso ante su propia magia.
No soy conocedor de la obra de Daniel Johnston, pero no creo que haga falta repetir de memoria cada una de las canciones para disfrutar el concierto de un artista considerado “de culto”, esas son mamadas que inventan fanáticos puristas que no supieron estirar la quincena para comprar el boleto para ver a uno de los protagonistas de la banda sonora de su vida o que de plano se apendejaron. Gracias al eRRe conocía lo suficiente para saber que el diablo Johnston era capaz de construir canciones en extremo conmovedoras, que supongo ante el escaso contacto con el mundo que habitamos el resto de nosotros estremecen sin que casi medie esfuerzo alguno, así que: por qué carajos no iba ir a verlo si tenía la oportunidad de hacerlo.
No tengo mucho más que agregar, tal vez sólo una parte del correo que dirigí a mi carnal eRRe después de la presentación: “al terminar el concierto la gente se quedó, como nunca había presenciado, gritando y aplaudiendo por más de 10 minutos, exigiendo que Daniel Johnston regresara; pero me parece que de manera inconsciente, aunque hubiera sido un gran detalle para recordar mucho tiempo, él supo que no hacía falta más, luego de un magnífico cierre interpretando una brutal, casi criminal versión de True Love will find you in the end (la cual empañó la mirada de este tu amigo) y al final volver para regalarnos “Devil Town”: “I was living in a devil town, didn’t know it was a devil town”. El daño ya estaba hecho.
1 comentario:
grande Daniel Johnston un maestro
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