Les comparto este texto que escribí hace unos años, cuando el
álbum Berlin, de Lou Reed, cumplía su 35 aniversario y se estrenó el concierto
filmado por Julian Schnabel que lo celebraba. Me parece que
originalmente fue publicado por alguno de los suplementos de Milenio
Diario...
Para Tachepiranha
Berlín, ciudad sin
remedio partida. Muro o no muro. Para darse cuenta basta con subirse al metro en
medio del cosmopolitismo tecnofílico de la parte occidental e ir descubriendo los
yermos parajes industriales cubiertos de graffiti de la antigua República
Democrática. Ciudad de ángeles caídos como la muestra Wim Wenders en Faraway, so close!, que si uno lo piensa
detenidamente tiene una de sus escenas clave cuando Cassiel, resacoso,
desesperado y errabundo por las calles tras una noche desaforada que ha
incluido ver desde lo alto de una tramoya un concierto de Lou Reed, de repente se
cruza con el neoyorquino y parafraseando una de sus canciones le pregunta:
“¿por qué no puedo ser bueno?”. Antes que David Bowie e Iggy Pop corrieran a sus
brazos buscando refugio contra las adicciones cual niños recién fugados del
reformatorio, Lou Reed tuvo que inventársela, una ciudad lacónica, de
respiración más pesada que la melancolía, un lugar de perdición o salvación
irreversible, y ni siquiera le hizo falta visitar Berlín.
Londres fue lo más lejos que llegó, ahí había grabado sus dos primeros
discos como solista, escapando de la presión que RCA ejercía por usar sus estudios
en Estados Unidos. La compañía tenía fe en que Lou seguiría Transformer (1972), el álbum precedente
producido por Bowie, con la detonación glam que le diera el empujón definitivo
al estrellato internacional posibilitado por el improbable éxito del sencillo “Walk
on the Wild Side”. Lo que entregó a cambio fueron diez canciones lóbregas, escasas
de guitarras eléctricas relampagueantes, pero ricas en arreglos de cuerdas,
metales y coros, proporcionando el dramatismo pertinente a los episodios que
atravesaban Jim y Caroline, una pareja de amantes anfetamínicos que se conoce al
pie del muro de Berlín, cuyo idilio pronto descarrila en brumas de humillación,
drogas, violencia e infidelidad hasta culminar en suicidio. Álbum conceptual de
gusto macabro, Berlin en 1973 tendía
un puente de los oropeles del glam-rock a la afección escatológica que habrían
de recorrer muchos de los estilos que hoy genéricamente calificamos de “oscuros”.
Ni primera ni última vez que Lou desconcertaría con un movimiento similar, al
mismo tiempo simplemente retomaba la historia más antigua del mundo, la de la caída,
el irreversible desmoronamiento de las diferencias entre bien y mal, de cómo el
amor se echa a perder.
Berlin estuvo marcado por la frustración, menos a
nivel comercial -aspecto que seguido exagera la leyenda-, sino en cuanto al
cúmulo de expectativas que parecían defraudadas. Por un lado, en efecto, la
casa discográfica no estaba satisfecha porque si bien los ingleses continuaron
de romance con Lou otorgándole el puesto #7 en las listas de discos más vendidos,
en Estados Unidos apenas alcanzó el #93, muy lejos del ascenso meteórico de Transformer. Por otro, desde muy
temprano enfrentó serias dificultades para concretar sus aspiraciones iniciales.
Luego de ciertas desavenencias con Bowie, la silla del productor en esta
ocasión correspondió a Bob Ezrin, joven responsable de la popularidad de Alice
Cooper -y que posteriormente trabajaría en otro clásico de talante berlinés: The Wall (1979), de Pink Floyd-. ¿Los
músicos convocados? Casi nadie: Jack Bruce, de la fama de Cream, en el bajo; Steve
Winwood en teclados; el baterista B.J. Wilson de Procol Harum; los hermanos
Michael y Randy Brecker ocupándose de saxo tenor y trompeta respectivamente; y
los guitarristas Steve Hunter y Dick Wagner, traídos de las sesiones con Alice
Cooper; por si fuera poco, Tony Levin aportó el bajo de “Sad Song”. Esta banda
de ensueño llegó a grabar una versión del álbum que superaba la hora de
duración, lo que en tiempos del disco de acetato significaba sacar un álbum
doble, posibilidad que los ejecutivos vetaron terminantemente. Cada una de las
piezas significaba un eslabón fundamental de la historia, prescindir de alguna
quedaba descartado, la continuidad narrativa se afectaría irremediablemente; a Ezrin
no le quedó más que recortar catorce minutos de introducciones, codas, solos y
diversas digresiones sonoras que reforzaban la vocación cinematográfica del
proyecto, una idea tan clara en las cabezas de Reed y Ezrin que las fotos en el
cuadernillo de las letras que incluía el LP original fueron tomadas con vistas a
realizar una película que acompañara el espectáculo multimediático-teatral pensado
para las presentaciones en vivo. Poco antes del delicado proceso de
masterización, Bob Ezrin sufrió un colapso por querer seguirle el paso a Lou, al
espectáculo multimedia se le dio carpetazo en favor de un formato de concierto que
devolviera el animal de rocanrol que pedía el público, redituando al cabo en
uno de los mejores discos en directo de la historia, justamente con el título
de Rock N Roll Animal (1974).
Buena parte de 2007 Lou Reed la pasó por el mundo recogiendo los
honores que su época le negó a Berlin,
sacándolo de gira para por primera vez interpretarlo en su corregida y
aumentada totalidad, acompañado de treinta músicos en escena, integrando partes
filmadas que ilustraban las desventuras de Jim y Caroline. Las primeras
presentaciones ocurrieron en noviembre de 2006, en el teatro St. Ann’s
Warehouse de Brooklyn, Nueva York. Julian Schnabel, director de Basquiat (1976) y Antes que caiga la noche (2000), estuvo presente para registrarlas en
un película traída a México en el pasado festival Ambulante y que acaba de ser
editada en formato dvd, ganándose a pulso un huequito entre Stop Making Sense (Jonathan Demme, 1984),
de Talking Heads, y El último vals,
de The Band (Martin Scorsese, 1978), como uno de los grandes conciertos filmados
de la historia. Nunca sabremos cómo habría sido la puesta en escena de 1973, la
mirada de Schnabel salva los trazos nostálgicos por el amor a un álbum que
antes del espectáculo declara “se convirtió en la banda sonora de mi vida”. La fiereza
que disipó el escrupuloso proceder en el estudio florece aquí con una banda briosa
y experimentada, destacando la presencia de Steve Hunter, el único de estos
ejecutantes que tomó parte en la grabación de 1973, dando rienda suelta a la
pirotecnia de su guitarra, particularmente majestuosa en “Men of Good Fortune”.
Steven Bernstein, de Sex Mob, lidera una sección de metales bravía. Las voces
del Brooklyn Youth Chorus, llenan la atmósfera de aires celestiales o siniestros
(a veces, como en el estremecedor cierre de “The Bed”, simultáneamente). Siempre
un maestro de la intencionalidad al cantar, Lou escarba sus propias creaciones
hasta entregarnos el punto de vista medular en cada letra enfatizando la
obstinación que los años habrían recargado a sus personajes. “Caroline Says II”
de tan frágil parecería que va a romperse, el resentimiento de Jim triunfa
sobre la desolación característica de “The Kids” en su versión original. Otras
tres piezas del repertorio de Lou Reed, no pertenecientes a Berlin, pero que tampoco desentonan en
su contexto, complementan la presentación a manera de encore, entre ellas una prístina interpretación a “Candy Says” en
voz de Antony (el de los Johnsons) que las palabras no alcanzan a describir.
Otra de las
añadidas, “Rock Minuet”, fue la canción que Julian Schnabel recitó de memoria hace
poco al reunirse con Mr. Reed en la segunda emisión del programa “Spectacle”
recientemente estrenado en el canal Sundance, con Elvis Costello de anfitrión. Uno
de los versos al principio dice: “si asesinaba a su padre, pensaba que se
sentiría completo”. Chicos disfuncionales, creciendo con música disfuncional.
La combinación no necesariamente desemboca en tiroteos en las escuelas. Puede
resultar en una rara sofisticación, como la de Schnabel. El recitado de “Rock
Minuet” vino justo después de relatar que cuando su padre falleció, lo primero
que se le ocurrió fue llamar a Lou, que vivía cruzando la calle, para pedirle que
sostuviera la mano del difunto mientras escuchaban otro de sus discos, Magic and Loss. Quizá todo lo que nos
pasa se reduce, como enuncia “The Bed”, a que ninguno de nosotros “habría
empezado de haber sabido que terminaría así”: Pero la marea arrastra una
resignación de mueca irónica: “lo gracioso es que no me siento triste de que haya terminado así”.
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