domingo, 27 de octubre de 2013

Hogar para los fantasmas: a 35 años del Berlin, de Lou Reed

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Les comparto este texto que escribí hace unos años, cuando el álbum Berlin, de Lou Reed, cumplía su 35 aniversario y se estrenó el concierto filmado por Julian Schnabel que lo celebraba. Me parece que originalmente fue publicado por alguno de los suplementos de Milenio Diario...

Para Tachepiranha

Berlín, ciudad sin remedio partida. Muro o no muro. Para darse cuenta basta con subirse al metro en medio del cosmopolitismo tecnofílico de la parte occidental e ir descubriendo los yermos parajes industriales cubiertos de graffiti de la antigua República Democrática. Ciudad de ángeles caídos como la muestra Wim Wenders en Faraway, so close!, que si uno lo piensa detenidamente tiene una de sus escenas clave cuando Cassiel, resacoso, desesperado y errabundo por las calles tras una noche desaforada que ha incluido ver desde lo alto de una tramoya un concierto de Lou Reed, de repente se cruza con el neoyorquino y parafraseando una de sus canciones le pregunta: “¿por qué no puedo ser bueno?”. Antes que David Bowie e Iggy Pop corrieran a sus brazos buscando refugio contra las adicciones cual niños recién fugados del reformatorio, Lou Reed tuvo que inventársela, una ciudad lacónica, de respiración más pesada que la melancolía, un lugar de perdición o salvación irreversible, y ni siquiera le hizo falta visitar Berlín.
Londres fue lo más lejos que llegó, ahí había grabado sus dos primeros discos como solista, escapando de la presión que RCA ejercía por usar sus estudios en Estados Unidos. La compañía tenía fe en que Lou seguiría Transformer (1972), el álbum precedente producido por Bowie, con la detonación glam que le diera el empujón definitivo al estrellato internacional posibilitado por el improbable éxito del sencillo “Walk on the Wild Side”. Lo que entregó a cambio fueron diez canciones lóbregas, escasas de guitarras eléctricas relampagueantes, pero ricas en arreglos de cuerdas, metales y coros, proporcionando el dramatismo pertinente a los episodios que atravesaban Jim y Caroline, una pareja de amantes anfetamínicos que se conoce al pie del muro de Berlín, cuyo idilio pronto descarrila en brumas de humillación, drogas, violencia e infidelidad hasta culminar en suicidio. Álbum conceptual de gusto macabro, Berlin en 1973 tendía un puente de los oropeles del glam-rock a la afección escatológica que habrían de recorrer muchos de los estilos que hoy genéricamente calificamos de “oscuros”. Ni primera ni última vez que Lou desconcertaría con un movimiento similar, al mismo tiempo simplemente retomaba la historia más antigua del mundo, la de la caída, el irreversible desmoronamiento de las diferencias entre bien y mal, de cómo el amor se echa a perder.
Berlin estuvo marcado por la frustración, menos a nivel comercial -aspecto que seguido exagera la leyenda-, sino en cuanto al cúmulo de expectativas que parecían defraudadas. Por un lado, en efecto, la casa discográfica no estaba satisfecha porque si bien los ingleses continuaron de romance con Lou otorgándole el puesto #7 en las listas de discos más vendidos, en Estados Unidos apenas alcanzó el #93, muy lejos del ascenso meteórico de Transformer. Por otro, desde muy temprano enfrentó serias dificultades para concretar sus aspiraciones iniciales. Luego de ciertas desavenencias con Bowie, la silla del productor en esta ocasión correspondió a Bob Ezrin, joven responsable de la popularidad de Alice Cooper -y que posteriormente trabajaría en otro clásico de talante berlinés: The Wall (1979), de Pink Floyd-. ¿Los músicos convocados? Casi nadie: Jack Bruce, de la fama de Cream, en el bajo; Steve Winwood en teclados; el baterista B.J. Wilson de Procol Harum; los hermanos Michael y Randy Brecker ocupándose de saxo tenor y trompeta respectivamente; y los guitarristas Steve Hunter y Dick Wagner, traídos de las sesiones con Alice Cooper; por si fuera poco, Tony Levin aportó el bajo de “Sad Song”. Esta banda de ensueño llegó a grabar una versión del álbum que superaba la hora de duración, lo que en tiempos del disco de acetato significaba sacar un álbum doble, posibilidad que los ejecutivos vetaron terminantemente. Cada una de las piezas significaba un eslabón fundamental de la historia, prescindir de alguna quedaba descartado, la continuidad narrativa se afectaría irremediablemente; a Ezrin no le quedó más que recortar catorce minutos de introducciones, codas, solos y diversas digresiones sonoras que reforzaban la vocación cinematográfica del proyecto, una idea tan clara en las cabezas de Reed y Ezrin que las fotos en el cuadernillo de las letras que incluía el LP original fueron tomadas con vistas a realizar una película que acompañara el espectáculo multimediático-teatral pensado para las presentaciones en vivo. Poco antes del delicado proceso de masterización, Bob Ezrin sufrió un colapso por querer seguirle el paso a Lou, al espectáculo multimedia se le dio carpetazo en favor de un formato de concierto que devolviera el animal de rocanrol que pedía el público, redituando al cabo en uno de los mejores discos en directo de la historia, justamente con el título de Rock N Roll Animal (1974).
Buena parte de 2007 Lou Reed la pasó por el mundo recogiendo los honores que su época le negó a Berlin, sacándolo de gira para por primera vez interpretarlo en su corregida y aumentada totalidad, acompañado de treinta músicos en escena, integrando partes filmadas que ilustraban las desventuras de Jim y Caroline. Las primeras presentaciones ocurrieron en noviembre de 2006, en el teatro St. Ann’s Warehouse de Brooklyn, Nueva York. Julian Schnabel, director de Basquiat (1976) y Antes que caiga la noche (2000), estuvo presente para registrarlas en un película traída a México en el pasado festival Ambulante y que acaba de ser editada en formato dvd, ganándose a pulso un huequito entre Stop Making Sense (Jonathan Demme, 1984), de Talking Heads, y El último vals, de The Band (Martin Scorsese, 1978), como uno de los grandes conciertos filmados de la historia. Nunca sabremos cómo habría sido la puesta en escena de 1973, la mirada de Schnabel salva los trazos nostálgicos por el amor a un álbum que antes del espectáculo declara “se convirtió en la banda sonora de mi vida”. La fiereza que disipó el escrupuloso proceder en el estudio florece aquí con una banda briosa y experimentada, destacando la presencia de Steve Hunter, el único de estos ejecutantes que tomó parte en la grabación de 1973, dando rienda suelta a la pirotecnia de su guitarra, particularmente majestuosa en “Men of Good Fortune”. Steven Bernstein, de Sex Mob, lidera una sección de metales bravía. Las voces del Brooklyn Youth Chorus, llenan la atmósfera de aires celestiales o siniestros (a veces, como en el estremecedor cierre de “The Bed”, simultáneamente). Siempre un maestro de la intencionalidad al cantar, Lou escarba sus propias creaciones hasta entregarnos el punto de vista medular en cada letra enfatizando la obstinación que los años habrían recargado a sus personajes. “Caroline Says II” de tan frágil parecería que va a romperse, el resentimiento de Jim triunfa sobre la desolación característica de “The Kids” en su versión original. Otras tres piezas del repertorio de Lou Reed, no pertenecientes a Berlin, pero que tampoco desentonan en su contexto, complementan la presentación a manera de encore, entre ellas una prístina interpretación a “Candy Says” en voz de Antony (el de los Johnsons) que las palabras no alcanzan a describir.
Otra de las añadidas, “Rock Minuet”, fue la canción que Julian Schnabel recitó de memoria hace poco al reunirse con Mr. Reed en la segunda emisión del programa “Spectacle” recientemente estrenado en el canal Sundance, con Elvis Costello de anfitrión. Uno de los versos al principio dice: “si asesinaba a su padre, pensaba que se sentiría completo”. Chicos disfuncionales, creciendo con música disfuncional. La combinación no necesariamente desemboca en tiroteos en las escuelas. Puede resultar en una rara sofisticación, como la de Schnabel. El recitado de “Rock Minuet” vino justo después de relatar que cuando su padre falleció, lo primero que se le ocurrió fue llamar a Lou, que vivía cruzando la calle, para pedirle que sostuviera la mano del difunto mientras escuchaban otro de sus discos, Magic and Loss. Quizá todo lo que nos pasa se reduce, como enuncia “The Bed”, a que ninguno de nosotros “habría empezado de haber sabido que terminaría así”: Pero la marea arrastra una resignación de mueca irónica: “lo gracioso es que no me siento triste de que haya terminado así”.



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