Papa, now I know the things you wanted that you could not say.
-Bruce Springsteen
Afuera fiesta nacional, fuegos artificiales. (Hace muchos años escribió un poema que empezaba muy parecido, ahora necesita más palabras para decir lo mismo, ¿dónde quedó la inocencia?). Adentro, con la mano de alcohol temblorosa, intenta el cuidado colocando la aguja en un surco del disco. Y no es de mariachi, no es de Chente ni de Lola la Grande, ni siquiera del poeta José Alfredo. Es el disco de un cantante que muchos mexicanos considerarían paria, no importa “Sinaloa Cowboys”, o “Matamoros Banks”, o todas las otras canciones sobre paisanos muertos en el río o en el desierto. Ésas no sonaron tanto como “Born in the USA”. Tampoco “Independence Day”, de The River, la canción que todos los años escucha en esta fecha. Ya saben, cualquier cosa que remita a una canción. Un año atrás veía un arco iris doble asomado en el balcón mientras un sueño desnudo de cabello negro escribía en la mesa. Dos años atrás escuchaba a Trolebús y Tex Tex envenenándose alegremente con los trogloditas del clan. Ahora lo rodea una nube de humo y tequila que hoy bebe por excepción para calmar su sentimiento de traidor a la patria, que no alcanza para espantar la lucidez. Desde que su padre Adán mordió la manzana, la conciencia se hizo una carga muy pesada. Encorvado en su trono de estática Bruce habla de toda esta gente que está llegando y de todos los amigos que están mudándose y de cómo nada volverá a ser lo que era, como los edificios que ahora extienden su sombra donde antes saludaban las casas de la Narvarte. “Independence Day” siempre le recordaba a su padre (Adán), no es difícil intuir por qué, después de todo empieza diciendo “Well papa go to bed now, it’s getting late/and nothing we can say can change anything now”. Pero ahora que su papá de algún modo se ha ido a dormir, por primera vez le parece real. Ahora que no sabría llegar a su trabajo por tantas calles cerradas y puentes y distribuidores viales estorbando su camino. Ahora que salen goteras y nadie cura el malestar del teléfono y la casa que construyó agoniza como él. Hoy de verdad es día de la independencia, pero a quién chingados le interesa. Preferiría ser un niño con un pedazo de tiza dibujando un avioncito en el suelo. Preferiría estar abriendo un libro de Borges por primera vez con sudor de básquetbol. Preferiría el gusto desaforado de las borracheras en aquel departamento cerca del edificio de Mexicana. Lo único que queda de aquellos años son los amigos… igual de amodorrados… y esta canción. Esta canción de despedidas impostergables, que a su buena maldita vez te recordaba aquella otra de Miguel Mateos que empezaste a escuchar en tu primer hervor de rocanrol, “…y abriré la carta en que me dices quiero libre vivir”, ahora se te regresa por ondas de celular, es un hada cruzada de piernas en tu mesilla de noche y con el movimiento de un dedo te pide que la sigas. Y entonces sabes que no quieres acabar de escribir esto, que no quieres ser poeta, que no te hace falta leer todos los volúmenes del mundo, te bastaría con brillar como ella, saber perderte en la oscuridad como ella. Entonces la triangulación te marea: tu papá, el hada (¿la brujita?), el rocanrol. Carajo, que todo da vueltas, qué críptica lengua la del azar. Me tumba de boca. Es como ese dvd donde Tom Waits y Elvis Costello y T. Bone Burnett y Bruce Springsteen le juegan a la banda de acompañamiento de Roy Orbison… tan increíble parece que te haya tocado toparte con esa instantánea en tu tiempo de vida que te da por buscarle causas trascendentales. Cuando te sientes tan poco mexicano, o perteneciente a cualquier lugar para el caso, y pasas galaxias a la deriva, como flotando en líquido amniótico.
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